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El debate público

Antes de que llegue la vacuna

Ricardo Becerra

La Crónica

18/10/2020

Imprescindible en este tiempo (y en todos los demás), hábil y divertido, el divulgador de la ciencia en español, Javier Sampedro (vía El País), escribió esto hace solo algunas horas: “Los científicos están cada vez más convencidos de que tendremos vacunas seguras y eficaces. Puede haber alguna imperfecta que llegue en unos meses, pero las buenas, las diseñadas con más conocimiento, las que inducirán una respuesta robusta que verdaderamente esterilice al virus y le impida propagarse, no llegarán hasta la segunda mitad del año que viene, si somos optimistas”.
¿Y saben que? Lo mismo opinan los grandes laboratorios —la Big Pharma, que le dicen— hacedores de pócimas inusitadas, remedios químicos para todo mal y milagros hormonales: la vacuna contra el Sars-CoV-2 no estará lista este año. Una lástima, si, pero también un llamado de atención a favor de la sensatez y contra la prisa demagógica. 
AstraZeneca, BioNTech, GlaxoSmithKline, Johnson & Johnson, Merck, Moderna, Novavax, Pfizer y Sanofi, poderosas multinacionales y rivales históricas, sin embargo, han puesto un paréntesis en su competencia capitalista,y han dicho con todas sus letras que “la producción de la vacuna seguirá estándares éticos altos y principios científicos… no pediremos autorización para la aplicación de la sustancia en ningún país hasta asegurarnos que, es completamente eficaz y seguro”. 
Y añaden: “Creemos que este compromiso ayudará a garantizar la confianza del público en el riguroso proceso científico y normativo mediante el cual se evalúan las vacunas Covid-19 y, en última instancia, se pueden aprobar” (https://tinyurl.com/y5lurzmd). Un ejemplo, de racionalidad en tiempos oscuros. 
Más allá, Soumya Swaminathan, la líder del cuerpo científico de la Organización Mundial de la Salud, ya dio un manotazo bastante severo en contra de la alegría fingida que varios gobiernos -como el mexicano- han querido insulfar entre la opinión pública: “Muchas personas ven a la vacuna como una fórmula mágica que llegará en enero y que básicamente va a solucionar los problemas… no, no va a funcionar así” (https://tinyurl.com/y6z4mgrb) “la vacuna no estará disponible para la mayor parte de la población hasta 2022”, enfatizó desde la segunda semana de septiembre. De 179 vacunas experimentales contra el coronavirus, 34 de ellas están en la fase de ensayos con seres humanos, monitoreados por la OMS. Y ninguna se concretará antes de 2021. 
Por su parte, un curioso pero importante trabajo de los periodistas S. Mallapaty y H. Ledford https://tinyurl.com/yyyejl6a dirigido a la revista Nature, han planteado el “censo de dudas” que la comunidad médica, química y biológica colocan en el tapete como un contexto de exigencia para la producción de cualquier vacuna. Un formulario mínimo cuya respuesta y solución, en conjunto, implican meses, semestres, años, no semanas. 
¿Qué quiero decir con esto? 1) Que por fortuna, la estructura científica mundial está resistiendo a las presiones políticas, sobre todo de la Casa Blanca, que quiere inventarse una noticia salvadora antes de la elección en Estados Unidos, y 2) Que debemos abandonar el pensamiento mágico, el optimismo sin fundamento y cobrar conciencia de lo que debería ser evidente: la tragedia de la epidemia mundial será larga y por eso, tenemos enfrente un montón de cosas por hacer y un montón de asuntos que rectificar. 
 Me parece importante subrayarlo porque en estos días, el mensaje que nos envía la Presidencia, la Cancillería y la Secretaría de Salud es precisamente el contrario: ya viene la vacuna y con ella despertaremos de la pesadilla y todo quedará resuelto. 
Lo siento, gobierno federal, pero esto no será así.
Más nos vale elaborar un mensaje y una política para adultos, sin engaños ni esperanzas pueriles que creen atisbar la llegada del milagro vacunal. Por el contrario: debemos exigir racionalmente una política de choque, que disminuya drásticamente los contagios y por tanto, frene el ritmo de la muerte que -en el escenario inercial- nos condena a los cien mil muertos reconocidos antes de acabar el 2020. Repito: cien mil muertos reconocidos, un número mucho más allá de lo “catástrofico” definido así por las propias autoridades sanitarias mexicanas.
México sigue estando en la lista mundial de la mala gestión de la pandemia por el covid-19 y por las muertes que causa. Nuestra tasa de mortalidad casi dobla a la de Canadá, multiplica por 50 a la del venerable y anciano Japón y por dos mil la de Vietnam. Nuestro fracaso no se explica por el mal estado del sistema de salud, por el ingreso por persona, por el subdesarrollo, por los hábitos o estructura de edad. Lo nuestro es un fracaso de política: decisiones y acciones de responsables con nombre y apellido.
¿Qué es lo que no hemos hecho? Respuestas rápidas, anticipatorias, confinamientos estrictos, disciplina social que incluya el uso obligatorio del cubrebocas, una política económica que apoye a quedarse en casa a todos los que, de otra forma, deben salir cotidianamente en la búsqueda de su sustento, muchas pruebas de diagnóstico, aislar a los infectados, seguimiento detectivesco de los casos para saber quienes más pudieron haber sido contagiados y una comunicación activa, no rutinaria, que sepa transmitir los nuevos descubrimientos, el conocimiento actual del comportamiento de este bicho mortal. O sea: antes de la vacuna, necesitamos un serio y bien elaborado viraje en la política sanitaria de México. No es lo que quiere la llamada “4T” pero es el centro de la agenda nacional.
El octubre europeo nos está anunciando que la circunstancia más crítica ya está aquí, y que es aún más crítica que la vivida en marzo y abril. España, Francia, Italia, Estados Unidos, la India, nos están mostrando nuestro futuro inmediato: las reaperturas (lo que aquí conocemos como tránsito de los colores en nuestros caprichosos semáforos) vuelven a provocar largas cadenas de contagio y su fuerza es mayor, confundida ya, con la otra epidemia estacional de la influenza.
No deberíamos volver a cometer el mismo error e ignorar olímpicamente las alertas como las que llegaron en diciembre pasado, desde Wuhan y a las que metimos en el cajón de lo poco importante. No hay modo de minimizar los riesgos presentes ni de buscar fórmulas escapistas como la que exhibe ahora mismo el gobierno federal: “ya viene la vacuna”. 
Se que mi postura no es popular, no es lo que nuestro hartazgo y cansancio social reclaman. La situación es insólita, perdedora políticamente, frustrante económicamente e irritante personalmente. 
Pero la montaña de muertos, los riesgos inherentes, las complicaciones que se multiplicarán con ello y el mínimo sentido de Estado, nos obligan a actuar de otro modo: fuerte, decidida, responsablemente, durante los siguientes meses. Porque la vacuna no llegará pronto.