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El debate público

EL SCRIPT DEL FRAUDE

Ricardo Becerra

La Crónica

11/05/2021

Por tan chiflado que parezca, es el partido en el gobierno, es su dirigente nacional, es el líder en el Senado y por supuesto es el mero Presidente de la República, quienes se han encargado de sembrar la idea de una “actuación fraudulenta” de las autoridades electorales en México, del Tribunal Electoral (después de sus sentencias de Guerrero, Michoacán e integración de la cámara de diputados) y del Instituto Nacional Electoral.

He dicho chiflado… y también alucinado, porque quienes señalan -en spots oficiales- tan funesta conducta, ostentan el gobierno de la República y son mayoría en ambas Cámaras.

No son minoría desamparada, sino la coalición que recibe la mayor cantidad de recursos públicos y prerrogativas estatales de que se tenga memoria y aun así, se dicen víctimas de maquinaciones tremendas: del INE, de las ONG’s, de la prensa, intelectuales y hasta de conspiraciones exteriores.

A falta de respuestas a los problemas reales de la nación (la pandemia, la recesión económica, el colapso de la infraestructura pública) el gobierno federal y su coalición pelea contra molinos de viento y ahora frente a un resultado electoral mucho menos halagüeño del que soñaban hace apenas unos meses. Tal vez por eso, de unas semanas para acá, han comenzado a desempolvar y a ejercitar su retórica manida: fraude electoral.

Apenas en enero, sin campañas, sin candidatos, sin alianzas consolidadas, los militantes morenistas, pero también comentaristas y académicos -con inocencia o sin ella- querían ver (y querían hacernos ver) un país homogéneo en el cual el partido del gobierno acariciaba con facilidad la mayoría calificada en la cámara de diputados y cosecharían una decena de gubernaturas -o más- a lo largo del territorio nacional.

Durante los primeros meses del año y al arrancar las campañas en los estados, en marzo, un día de campo para Morena, una ventaja holgada de 44 por ciento, frente al 10 del PRI y del PAN y 4 por ciento del PRD y de MC. Ciertos encuestólogos, politólogos y otros profetas afirmaban que, de hecho, la ventaja hacía factible que Morena obtuviera la mayoría calificada en la cámara de los diputados (por ejemplo, https://bit.ly/3hnQeH8).

Conforme los partidos presentaron candidatos y mensajes, estrategias y campañas, mostrando fortalezas propias y sobre todo, miserias ajenas (rubro en el que Morena parece batir todos los récords) las cosas se movieron drásticamente. De modo y suerte que una elección que se veía en bola, como una sola cosa, se fue desagregando y configurando región por región y estado por estado, hasta convertirse en lo que es: el campo de batalla fragmentado por un montón de sensibilidades e intereses locales, en las cuales, la elección por gobernador determina y remolca todas las demás.

En abril, el optimismo de Morena ya no era tanto. El escenario consistía en alcanzar el cincuenta por ciento de la cámara baja. La intención de voto le daba a finales de ese mes, 40 por ciento, frente a 19 y 20 por ciento del PRI, PAN y un 3 por ciento al PRD. O sea: durante el periodo de campañas el partido morado ha tenido una merma de 15 puntos contra una ganancia casi idéntica de sus adversarios, incluyendo el rápido crecimiento de MC en el noreste y en las zonas metropolitanas. Y la contienda sigue.

Por su parte, la realidad continúa sacudiendo las malas noticias que le son tan propias a los problemas no resueltos: por muchos programas sociales y dádivas que se apresura a entregar el gobierno federal, la pandemia produjo 13 millones de pobres adicionales, y por mucho que hable encantadoramente el Presidente López Obrador, ya no pudo remontar el efecto de la tragedia del Metro en Tláhuac.

Así, las últimas encuestas devuelven a Morena al escenario de 2018, una votación del 40 por ciento (nada mal, por otra parte) el espejo de su propia realidad pero que no se ajusta al desmesurado concepto que tienen de sí mismos. El problema es que, si no son capaces de soportar ese reflejo, es muy posible que su reacción primaria sea, recurrir al consabido guión del fraude para justificar ante sí y ante su caudillo, un resultado que consideran malo.

Ojalá me equivoque pero eso es típico del script de populistas y nosotros ni siquiera necesitamos el ejemplo de Trump. Gritar fraude donde no lo hay, ha sido especialidad de la casa. La sustancia con la que ya se preparan las píldoras en el siguiente ciclo de la polarización.