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Gilberto Rincón Gallardo

Uno que hizo política con miedo

Ricardo Becerra
La Crónica de Hoy. 01/09/2008

Ustedes quieren que me coma a los comunistas, verdad? Son como chayotes, rugosos y con pelos que punzan. Me como a los comunistas ¿y luego? ¿cómo los cago?” Quien endosó esta metáfora durante una tirante reunión con un grupo empresarial en 1976, fue don Jesús Reyes Heroles, a la sazón secretario de Gobernación y artífice de la reforma política, que después de varias décadas de proscripción, le daría su lugar en la contienda electoral al Partido Comunista Mexicano.

El episodio me lo contó —creo que un par de veces— Gilberto Rincón Gallardo mientras bebía su clásica copa fría de vino rosado; y aunque vivía en un periodo de excesivo trabajo y tensión (eran los momentos de su campaña como candidato presidencial por Democracia Social), le gustaba rematar sus análisis de actualidad extrayendo lecciones de otra época, comparando la era en que hacía política dentro de un partido anatemizado, vigilado y expulsado de la legalidad. Era una época en la que “se hacía política con miedo” (para usar la exacta expresión de Luis Giménez Cacho); miedo al abuso policiaco, a la discrecionalidad de las autoridades que podían decidir “hasta lo que la oposición clandestina podía hacer”, y miedo también, a la paranoica psicología de gueto tan típica de los grupos marginales (u obligados a ser marginales).

Creo que ese permanente contraste entre épocas, era la motivación principal de su razonamiento, la forma en que Rincón evaluaba la situación política y el estado de las cosas. Había sido encarcelado en Lecumberri después de 1968 y hasta 1971 (entre otras, 31 ocasiones más), y era perfectamente consciente de la prioridad democrática, de que la lucha política más importante que tenía la izquierda mexicana delante de sí, era la lucha por las libertades políticas fundamentales, por crecer en la competencia legal, o sea, por ganarse un espacio en la convivencia pluralista.

Aunque Rincón Gallardo era un nombre que se escuchaba en cualquiera de los ambientes de izquierda, le conocí de cerca, en los años noventa, en los días en que el PRD debía ser incorporado a los pactos de transición democrática. Como reportero seguí los pormenores de su tercer Congreso Nacional, llevado a cabo en Oaxtepec, en agosto de 1995. Fue él quien elaboró mejor que nadie la definición política que intentaba hacer del PRD un partícipe directo en la reforma por venir: “El diálogo no es un método de lucha más sino la forma misma del cambio democrático…” y alertaba sobre el riesgo de que el escenario electoral se asentara “sólo mediante la competencia real de dos partidos, PRI y PAN, modelo que conviene a la visión neoliberal de la transición” (La transición con izquierda. Nexos núm. 214, octubre de 1995).

Aunque la prensa nacional apenas y se percató, aquella fue una batalla intelectual y política memorable para tres días sin sueño, en los que Rincón, un moderado Muñoz Ledo, Ortega, Encinas, García y varios más que, para sorpresa de muchos, lograron revertir el estado de ánimo testimonial y pendenciero del PRD y lo colocaron legítimamente, de pie en la negociación democrática. En las conclusiones votadas de ese foro, la izquierda mexicana dio un viraje civilizatorio: “…proponemos a la nación una transición pactada, pacífica y constitucional hacia la democracia… El PRD convoca al diálogo nacional entre las fuerzas políticas, sociales, civiles, culturales y el gobierno… el país necesita la instauración de un sistema democrático competitivo y cumplir dos requisitos mínimos: autonomía de los órganos electorales y equidad en la contienda electoral”. Lo lograron.

Gracias a esa reforma, obstinadamente propulsada por Rincón y los suyos, vino —natural— la victoria de Cuauhtémoc Cárdenas en la capital de la República y el crecimiento consistente y sólido del PRD. Pero también “una invasión oportunista” de cuadros camaleónicos y la radicalización hueca, incomprensible, que Rincón ya no soportó. En septiembre de 1997 abandona al PRD con la firme convicción de crear otra opción de izquierda, socialdemócrata, que después de un periplo casi heroico se quedó a 0.1% de su registro definitivo en el año 2000. Volvió a intentarlo en el 2003 y ya ni siquiera pudo (pudimos) llegar a la boleta.

Hablé con él y aprendí de él mucho menos de lo que debí. Pero su figura simboliza para mí una de las paradojas más perturbadoras de la transición mexicana: que quienes se jugaron el pellejo y combatieron seria y persistentemente por el cambio y quienes se beneficiaron de él, no fueron, casi nunca, los mismos. Los tipos Rincón Gallardo por la izquierda y los tipos Castillo Peraza por la derecha, hicieron la transición. Pero quien cosechó sus frutos fueron otros, con muchos menos méritos y sin sentido de los costos involucrados en esa historia. Tal vez por eso, la política ha perdido el aliento y se ha extraviado en un juego de rapacidad, bloqueo y desquite, incomprensible por aquellos que realmente construyeron el cambio. La responsabilidad de personajes como Rincón Gallardo, abrieron las compuertas de la democracia en México. Quizá porque ellos sí sabían lo que era hacer política con miedo.

Una página de Gilberto Rincón Gallardo

Adolfo Sánchez Rebolledo
La Jornada. 04/09/2008

Hace unos años, Hernán Gómez Bruera se propuso realizar una tesis sobre la izquierda a 25 años de la reforma política. Con ese fin realizó entrevistas sobre los nexos entre esa corriente y la democracia, entre las cuales figuraba la que le hizo a Gilberto Rincón Gallardo, entonces candidato a la Presidencia de la República por el efímero partido Democracia Social. Hoy, cuando Gilberto ha fallecido y en los obituarios se insiste en recordarlo por sus últimas actividades, vale la pena revisar otras páginas de su vida donde dejó la impronta de su carácter perseverante, crítico y negociador. Me refiero a su participación en las intensas conversaciones sostenidas con Jesús Reyes Heroles para legalizar el Partido Comunista, que culminaron con la reforma política de 1977, así como a la discusión inconclusa acerca del papel de la lucha armada en el seno del propio partido. Reproduzco, en apretada síntesis, estas rememoraciones.

“Ya había pasado el 68, ya se habían abierto negociaciones. La primera la hizo Reyes Heroles bajo el régimen de Echeverría con un planteamiento en este tono: ‘¿Qué quieren que hagamos para registrar al PCM que no sea reformar la ley?’ (que obligaba a entregar la lista de los afiliados al partido). No podíamos aceptar algo así… Le dijimos a Reyes Heroles que era una locura entregar esas listas porque al mismo tiempo que negociábamos éramos perseguidos. Obviamente no avanzamos nada (…) Yo acababa de salir de la cárcel. Estábamos seguros de que Reyes Heroles empujaba hacia la vía de la negociación y la reforma, pero Echeverría se opuso. Entonces ocurrió el l0 de junio y, naturalmente, cuando empezó el discurso de la ‘apertura democrática’ lo rechazamos totalmente. Nos quedó claro que Echeverría no quería reformar nada, ni la ley electoral, ni ninguna institución. Era únicamente una apertura democrática que te permitía ir a hablar con el presidente y llegar a acuerdos para que la represión bajara, pero nada más. Pero es importante decir que eso sólo ocurrió después del 10 de junio de 1971, antes de eso Echeverría incluso mandó matar gente y en el caso de los guerrilleros ni siquiera abrió procesos en su contra.” Sin embargo, la actitud del gobierno no lo era todo. “La polémica sobre la lucha armada adentro del partido fue durísima y tuvo sus efectos. A pesar de que nos habíamos propuesto lograr el registro y abrir cauces legales, era muy difícil decirlo de esa manera. Me acuerdo que cuando alguien hablaba de ‘defender la legalidad’ Valentín Campa no podía quedarse callado, era una reacción biológica. ‘La legalidad burguesa, eso quieren’, decía a gritos. Entonces tenías que decir ‘defensa de la Constitución’, pero de ahí no pasabas. Las leyes burguesas había que echarlas abajo. De verdad creo que el único que llegó a hablar de ‘defensa de la legalidad’, como tal, fui yo. Arnoldo lo compartía, es cierto, pero, como cabeza del PCM, no podía decirlo así.

“Hubo una ocasión en la que se organizó un pleno para discutir el registro del partido y el apoyo a Lucio. Ahí intervine para señalar que era incongruente defender la lucha por nuestra legalidad y al mismo tiempo apoyar la vía armada.” Pero dicha postura fue derrotada en la dirección del partido. “En esas estábamos cuando llegó el 18 congreso, en el cual Arnoldo, a pesar de que hablaba muy bien de Lucio Cabañas, no decía que había que apoyarlo. Desde luego que no era el deslinde que se podía esperar, pero la discusión fue avanzando y en los hechos el partido se empezó a separar de la lucha armada… Se comenzaron a filtrar frases como ‘defensa de la legalidad’, y la famosa idea de la vía armada como ‘la más probable’ dejó de aparecer.” Sin embargo, apunta Rincón, “no hubo un deslinde explícito” respecto de dichas formas de lucha.

“Cuando López Portillo ganó las elecciones presidenciales lo primero que le dijo a don Jesús Reyes Heroles al comunicarle que iba a ser su secretario de Gobernación fue: ‘Vámonos a la reforma electoral, es indispensable ampliar el sistema de partidos’ (…) Don Jesús, a su vez, nos dijo a Arnoldo y a mí: ‘Ahora sí podemos reformar la ley, así que díganme qué es lo mínimo que requieren para hacerlo’. Así empezamos la discusión. Al principio no llegamos a ningún acuerdo porque ellos no cedían en su exigencia de que presentáramos nuestras listas de afiliados. Yo decía que las entregáramos, pero eso en el comité central no pasaba ni de broma. Estuvimos discutiendo todos los días. Reyes Heroles se encabronaba y decía: ‘Pinches necios, andan siempre con complejo de persecución. ¿Quién los va a perseguir? ¡Si lo que queremos es que vayan a la Cámara!’ Y no, no, no se puede, no podemos, bueno, ‘¡pues entonces váyanse a la chingada!’… Pero Arnoldo, que era muy paciente, le decía ‘no, no, cálmese, si ya tienen la determinación para reformar la ley vamos a dar el paso, pero busquemos una forma que no sea ésa’ (…) Otra cosa que hablamos con toda claridad fue que no podíamos hacer asambleas de esa magnitud porque no lograríamos cubrir los requisitos. Después de que llevábamos como 15 días atorados, Reyes Heroles nos dijo: ‘Ya me chingaron, pero tengo la solución: el registro condicionado’. Ésa era la figura, no teníamos que ir a asambleas, no teníamos que hacer nada de eso, tampoco teníamos que entregar listas… Así, los grupos que se habían venido formando, llegado el momento, presentaban sus tesis, su programa de acción, sus estatutos, alguna publicación y cierta presencia nacional; todos requisitos fáciles de cumplir y que te remitían al voto. Así, si alcanzabas 1.5 por ciento podías tener registro.” Fue la reforma de 1977.

Conciliador con los suyos, dialogante con el adversario, Gilberto Rincón Gallardo fue siempre un contrincante inteligente, un humanista ajeno al dogmatismo, una voz singular en la aridez del socialismo mexicano. Prudente y mesurado, cultivó una rebeldía sin estridencias, una voluntad incansable que le permitió resistir con estoicismo las pruebas más severas de la vida y abrirse camino. Hombre de causas, fue una buena persona, no un santón; un militante con aciertos y equivocaciones, un político por vocación, capaz de no perderse los buenos ratos con la familia, los amigos, los camaradas.

Esquina Digna

Jorge Javier Romero
La Crónica de Hoy. 03/09/2008

La muerte de Gilberto Rincón Gallardo ha provocado una cantidad ingente de elogios a su persona y a su trayectoria. Sin embargo, muchos de ellos se han enfocado erróneamente en una supuesta defensa de los derechos de las minorías como la causa de su vida.

En obituarios y artículos hemos leído y escuchado que Rincón era un luchador de la causa de los discapacitados, como si ese fuera el rasgo distintivo de una biografía política que empezó en 1958.

Formado por los jesuitas en el Instituto Patria, resultaba natural que Gilberto se iniciara en la política opositora en la campaña de un hombre de la derecha, Luis H. Álvarez, candidato presidencial del PAN en aquel año después de haber sido un importante contendiente por el gobierno de Chihuahua dos años antes. Sin embargo, la militancia panista no convenció al joven Rincón, pues unos años después ingresó al Partido Comunista, sin duda influido por el ambiente generado por la revolución cubana. Desde entonces, el eje de su acción política sería el de la búsqueda de la igualdad, aunque muy pronto encauzaría sus objetivos por la vía de la democracia y el reformismo, no por el de la revolución.

Rincón fue un hombre de la izquierda mexicana, de la que contribuyó sustancialmente a la transformación democrática del país sin renunciar a objetivos de solidaridad y a la reducción de la abismal diferencia entre ricos y pobres que había dejado como resultado el régimen del PRI. Muchas de las hagiografías publicadas en estos días lo quieren presentar como un personaje dócil, de la izquierda buena, antecedente de los chicos que presumen de no poner barricadas. Se les olvida que el antiguo régimen no lo consideraba tan suave y apacible cuando lo detuvo en cerca de 40 ocasiones y que estuvo preso por cargos absurdos durante dos años a partir de los días del movimiento estudiantil de hace cuatro décadas.

Me tocó hacer política con Gilberto en tiempos interesantes. Juntos, en momentos de gran soledad, cuando muy pocos confiaban en nuestro proyecto, Ricardo Raphael, él y yo impulsamos la construcción de Democracia Social y nos mantuvimos en la idea incluso cuando otro de los impulsores, días antes el más entusiasta, simplemente decidió aceptar un alto puesto en el gobierno de Ernesto Zedillo.

En esos tiempos discutí mucho con él, coincidimos y disentimos. Por momentos estuvimos muy lejos en nuestras respectivas posiciones, sobre todo cuando decidió ser candidato del partido a la presidencia de la república, mientras otros considerábamos que su papel sería más relevante como legislador, mientras que la campaña la deberíamos enfrentar con una candidatura capaz de representar con mayor claridad la novedad y frescura de nuestra agenda, que no era, insisto, la de las minorías; se trataba de un proyecto de transformación democrática del país a partir de los derechos de todos, lo cual implicaba el reconocimiento de la diversidad de la sociedad mexicana, de sus múltiples causas y de sus muchas discriminaciones. La igualdad construida desde los derechos.

La discusión en aquellos tiempos fue ríspida. Sin embargo, nunca pretendió Gilberto la eliminación de sus adversarios, la imposición autoritaria de una mayoría excluyente. El partido tomó decisiones democráticamente y los que defendíamos entonces la candidatura de Patricia Mercado perdimos por muy poco. Rincón Gallardo de inmediato reanudó el diálogo y se dispuso a hacer una campaña adecuada a la agenda programática que hasta entonces había desarrollado Democracia Social.
No le fue fácil al principio entender que lo nuestro no era ir a hablar de los mismos temas que los demás candidatos, que teníamos que llamar la atención con temas excéntricos. Le costó trabajo hablar de aborto, de derechos de los homosexuales, de legalización de las drogas, de esa agenda pinky tan despreciada por los pretendidos socialdemócratas de hoy. Él quería enfrentar al tripartidismo empantanado en sus propios términos; nosotros queríamos derrotarlo desde los nuevos temas de la sociedad mexicana.

La preparación del debate entre todos los candidatos, en abril de 2000, fue el momento de las definiciones. Y Rincón le entró a la estrategia. Colectivamente construimos sus participaciones y con él decidimos la estrategia y la imagen para el único momento de equidad que hubo en aquella campaña polarizada y dominada por el dinero en la televisión. Ahí demostró Gilberto que era diferente a los demás candidatos, no por su apariencia física, sino por su congruencia y su dignidad.
En aquel debate, por cierto, jamás habló de discapacidades. Habló de derechos, de justicia, de distribución de la riqueza, de transformación del Estado. Y habló de diversidad y de convivencia. Algo ocurrió con su presencia ante la mirada de millones de mexicanos que, sin embargo, se le identificó como un representante de las minorías. Sin embargo, Rincón nunca se consideró minoría. Se sentía, por el contrario, parte de la mayoría de los mexicanos insatisfechos con una política incapaz de satisfacer sus necesidades y sus anhelos.

Después de la campaña vinieron nuevas diferencias entre nosotros. No compartí su idea de colaborar con el gobierno de Fox, aunque la causa de la lucha contra toda forma de discriminación había surgido de nuestra campaña. Nos fuimos alejando, además, por otras discrepancias en torno a la construcción del siguiente esfuerzo partidario. Pero nunca Rincón anatematizó a quienes no coincidían con él ni pensó en purgas de sus adversarios, como hacen algunos pequeños tiranuelos de opereta que hoy se pretenden socialdemócratas.

En los días de la campaña de 2000 el poeta Aurelio Asiain, hábil malabarista del lenguaje, convirtió los apellidos de Gilberto en Esquina Digna. Al final de cuentas, ese retruécano lo define: una arista de dignidad en medio de una política degradada y llena de especuladores y aventureros.

Gilberto permanece …

Ricardo Raphael
01/09/2008

Varias veces fue encarcelado y todas por motivos políticos. La estancia más larga ocurrió después de la represión que sufrieron los estudiantes en 1968. Como era parte de la dirección del Partido Comunista, Gilberto Rincón Gallardo fue recluido con otros varios de sus compañeros en la prisión de Lecumberri.

Por aquellos días las autoridades dijeron de él muchas mentiras. La más inverosímil fue cuando se le acusó de haber lanzado bombas molotov. Riendo de sí mismo, Rincón solía levantar los brazos y afirmar que aquello era imposible.

Y lo era, no por las razones más obvias, sino por el imbatible rechazo que a lo largo de su vida sostuvo en contra de la violencia. Fue comunista, fue socialista, fue un hombre de izquierda, pero nunca consideró a la vía armada como instrumento de transformación.

Esta convicción suya sería la brújula más importante de su larga e histórica actuación política en nuestro país. En lugar de reunir furia, enojo o rencores, una vez que pudo salir de Lecumberri, Rincón Gallardo se convirtió en una de las voces más vibrantes para convocar al cambio pacífico del sistema político mexicano.

Se asumió demócrata, antes que cualquier otra cosa. Reformista y ya no revolucionario.

Intuía bastante bien dónde podrían terminar las cosas para México si la ruta de la confrontación escalaba. En su juventud visitó varias veces Europa del este. Miró de cerca la destrucción moral que un Estado autoritario podía provocar sobre las sociedades cuando se instalaba la polarización.

Con otros dirigentes del Partido Comunista Mexicano redactó un airado extrañamiento en contra del gobierno de la Unión Soviética cuando los tanques rusos invadieron la ciudad de Praga, en la primavera de 1967. Aquél fue uno de los tantos actos de autosubversión que Gilberto Rincón Gallardo se impuso a lo largo de su vida.

Por su confianza en las soluciones pactadas fue que, como dirigente relevante de la izquierda mexicana, se opuso una y otra vez a la guerrilla. Entendió las razones de aquellos jóvenes. Simpatizó con sus argumentos. Pero no estuvo dispuesto a apoyar la ruta armada que los guerrilleros hubieran tomado para defenderse.

En contraste, se invirtió con todas sus energías en las pista contraria. En los complejos años 70 apostó por el diálogo con el régimen priísta. Exigió la amnistía para los presos políticos. Reclamó la apertura del régimen. Cuando todavía era inviable, se empeñó en la vía electoral para despresurizar las tensiones y, sobre todo, para volver plural al poder político.

Muy pronto comenzó a recibir recriminaciones de los suyos. Fue calificado de antirrevolucionario, de traidor a la lucha de clases, de ingenuo, cuando no, de vendido al sistema. Pero aquello tampoco lo amedrentó. Necio por momentos, y tenaz la mayoría de las veces, Rincón Gallardo logró convencer a más de uno sobre la viabilidad de sus propuestas.

En 1976 recibió respuesta a sus afanes. Jesús Reyes Heroles —operador político de José López Portillo y luego secretario de Gobernación— le propuso legalizar al Partido Comunista Mexicano. Invitó a los dirigentes de esa organización para que participaran en la confección de una nueva ley electoral.

No hay manera de explicarse la transición a la democracia que se vivió después en México sin aquel importantísimo momento.

Rincón volvería a participar de manera protagónica en las subsiguientes reformas democráticas. Casi siempre supo colocarse por encima de las luchas partisanas. Gracias a su notable capacidad para logar acuerdos, se hizo amigo de personalidades cuyo origen político era muy distinto al suyo. Fue cercano a Carlos Castillo Peraza. Valorado por Ernesto Zedillo. Político respetado ante los ojos de Andrés Manuel López Obrador.

Hombres de su naturaleza humana quedan ya muy pocos hoy. Deja ahora un inmenso hueco, pero queda también su obra. Es justo afirmar que Gilberto Rincón Gallardo fue uno de los principales fundadores del nuevo Estado mexicano.

Rincon

José Woldenberg
4/09/08

A fines de 1981 se realizó la asamblea constitutiva del Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Fue del primer esfuerzo integrador de la izquierda mexicana al amparo de la reforma política de 1977. Se trataba de contrarrestar la profunda dispersión y explotar las posibilidades que abría el espacio electoral. Se disolvían, para dar paso a una nueva organización, los partidos Comunista Mexicano, del Pueblo Mexicano, Socialista Revolucionario, y los movimientos de Acción y Unidad Socialista y de Acción Popular (MAP). Fue entonces que conocí a Gilberto Rincón Gallardo. Él, junto a Arnoldo Martínez Verdugo y Pablo Gómez, conformaba la tercia más influyente de líderes procedentes del PC.

El PC, gracias en buena medida a ellos, había vivido un proceso de cambio cuyo pilar básico era un nuevo aprecio por la democracia. Había condenado la invasión soviética a Checoslovaquia, se había distanciado de la URSS, y en 1976 postuló como candidato a la Presidencia de la República al histórico luchador sindical Valentín Campa, a pesar de no contar con registro. La campaña era una denuncia (no se nos permite trabajar en el mundo institucional y legal) y un reclamo (resulta imprescindible abrir las puertas para que las corrientes políticas e ideológicas hasta este momento excluidas puedan contender por los cargos de elección popular). Esa campaña, y una potente conflictividad social y política en (casi) todos los ámbitos, fue el acicate de la reforma de 1977, que en buena medida estuvo diseñada para darle entrada al escenario electoral al PCM.

El gran mérito del PCM de entonces fue abrir el camino para que paulatinamente la izquierda pudiera trascender el discurso revolucionario y fuera capaz de valorar a la democracia como un medio y un fin. Y Rincón Gallardo fue uno de los impulsores pioneros y más lúcidos. Contra los vientos y mareas del momento, teñidos por la pulsión refundadora total de la vida pública, Rincón sabía conjugar lo posible y lo deseable.

2. En 1987 el PSUM junto al PMT, la Unidad de Izquierda Comunista, el Movimiento Revolucionario del Pueblo, el Partido Patriótico Mexicano y una escisión del PFCRN, dieron paso al Partido Mexicano Socialista (PMS), y Rincón fue su primer y único secretario general. La vida interna en la nueva organización no era sencilla. Las trayectorias y convicciones de los partidos fusionados no resultaban fácilmente compatibles. Pero el talante conciliador, abierto, educado, de Gilberto, lograba facilitar la convivencia.

El candidato a la Presidencia de la República del PMS salió de unas elecciones internas en las que contendieron Heberto Castillo, Eraclio Zepeda, Antonio Becerra y José Hernández Delgadillo. Se trató de un expediente ejemplar y Heberto resultó ganador.

Como se sabe, una escisión del PRI encabezada por el ingeniero Cuahutémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo logró forjar un frente que postuló al propio ingeniero, cuya candidatura creció de una manera excepcional. En esa coyuntura, diversas voces dentro del PMS empezaron a plantear la declinación de Heberto para sumarse a la del ingeniero Cárdenas. Rincón, a la cabeza del PMS y con su proverbial tacto, estableció que la única posibilidad para hacer a un lado la candidatura de Heberto era que él mismo declinara y relevara al partido de su compromiso. Cuando ello sucedió, el PMS se sumó al Frente Democrático Nacional.

Luego de la elección, cuando el ingeniero Cárdenas llamó a construir un nuevo partido (el PRD), ninguno de los originales que conformaron el frente (PARM, PPS, PFCRN) aceptó disolverse, sólo el PMS accedió, y no sólo eso, sino que su registro fue el que utilizó el PRD para adquirir reconocimiento legal (era el mismo registro que había pasado del PCM al PSUM). En esa coyuntura, plagada de mezquindades, Rincón Gallardo, no sólo aceptó sino promovió el «gran salto» hacia la unidad. Sabía jerarquizar, y no anteponía la conveniencia personal a la general.

3. En el año 2000, luego de abandonar sin estridencias las filas del PRD, encabezó un nuevo proyecto de organización política, Democracia Social. Fue su candidato a la Presidencia de la República. En un debate televisivo célebre, Rincón fue capaz de darle visibilidad pública a una naciente y pequeña agrupación de corte socialdemócrata. Logró el 1.88 por ciento de la votación y se quedó a sólo 12 centésimas de conseguir el registro. No desmayó.

4. En el 2003, encabezó un nuevo esfuerzo organizativo (Socialdemocracia: Partido de la Rosa). Realizaron las asambleas que marcaba la ley, elaboraron su declaración de principios y su programa de acción, pero sólo presentaron ante el IFE el esbozo de unos estatutos. Por ello, el naciente partido no obtuvo su registro. En aquel momento, no sólo voté sino que intervine en el Consejo General para argumentar en contra del registro. Nuestra relación -que había sido intermitente pero cálida- se enfrió. Nunca me reclamó, pero imagino que pensó que habíamos sido demasiado rigoristas. Lo lamenté… pero era una derivación del ejercicio de la función pública.

5. A través de José Luis Gutiérrez Espíndola restablecimos algún (débil) puente de comunicación, y él desde el Conapred y yo en la revista Nexos hicimos un memorable (para mí) número sobre la discriminación (Octubre 2004).

Gilberto era un hombre cordial y atento. Una personalidad extraña (por su corrección) en un ambiente casi siempre crispado y tenso. Destacaba por su inteligencia y claridad expositiva. Quería militar en un partido de causas, con una vida interna intensa pero civilizada, y capaz de hacer avanzar, aunque fuera de manera gradual, la justicia y la libertad, la no discriminación y la convivencia de la diversidad.