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El debate público

Morena no es fuerte, sólo es mayoritario

Jacqueline Peschard

La Crónica

14/10/2020

A muy pocos ha sorprendido el lamentable espectáculo que ha venido dando Morena en el ya largo y sinuoso proceso de renovación de su dirigencia nacional. La ausencia de reglas no sólo vigentes, sino aceptables a los diversos grupos que conforman el partido-movimiento, no sólo ha impedido que Morena pueda procesar su relevo exitosamente, sino que ha dañado al ecosistema político electoral en su conjunto.

La intervención de las autoridades electorales para ofrecerle a Morena una salida a su incapacidad para forjar acuerdos internos ha afectado la credibilidad tanto del TEPJF, como del propio INE que se ha visto obligado a contratar a las empresas profesionales para realizar encuestas a fin de determinar quién ocupará la presidencia y la secretaría general del partido.

Si algo quedó claro después de los resultados, técnicamente empatados de la encuesta sobre preferencias, es que el mecanismo resulta complicado de explicar porque no recoge votos, sino tendencias de opinión, producto de una muestra representativa que tiene márgenes de error y de confianza. Aunque los candidatos saben muy bien cuáles son los alcances de una encuesta de opinión de militantes y simpatizantes, algunos como el propio Porfirio Muñoz Ledo, siguen apostando a generar desconfianza como una manera de ganar estridencia mediática, porque al final no está en juego ganar apoyo y respetabilidad, sino imponerse en el escenario político, dejando detrás un caudal de
desprestigio para el partido y las autoridades electorales.

Como bien dice Angelo Panebianco, los partidos políticos están marcados por la huella de su origen y Morena confirma dicha tesis porque nació como un conjunto de grupos con distintas fuentes doctrinarias y experiencias políticas, articuladas alrededor de la figura del líder personalista, López Obrador y no ha podido escapar a tal destino. La dispersión de las diversas corrientes y grupos se manifiesta en el comportamiento no sólo de los dos candidatos finalistas para ocupar la presidencia de Morena, sino de varios aspirantes a ocupar los cargos directivos que se han rehusado a reconocer su derrota, aunque hayan aprobado previamente los términos de las encuestas. La divisa ha sido hablar de fraude,
de intervención indebida de grupos externos al partido-movimiento, ignorando que la responsabilidad por la falta de institucionalidad en el partido-movimiento es exclusiva de los morenistas.

Morena es un partido débil, aunque sea mayoritario. Su líder es su palanca articuladora y AMLO lo sabe bien, pero como presidente de la República se da el lujo de estar distanciado de su organización partidaria y hasta lo amenaza con abandonarlo, si sus grupos no resuelven sus diferencias internas. Y es que en el proyecto de AMLO no está que Morena cobre autonomía, o que sobreviva a su liderazgo y se constituya en un auténtico partido político, porque su proyecto es personal, no de construcción de un
instituto político. Por eso, no le ha dedicado ni tiempo ni energía a fortalecer su organización y sus procesos internos de elección que son claves para la supervivencia de cualquier partido político.

El Presidente está consciente de que puede intervenir en la vida interna de Morena en el momento que lo determine, porque sabe que la suerte del mismo está inexorablemente atado a su persona. Hay que recordar que AMLO mantiene un importante respaldo popular y que, además, cuenta con un ejército paralelo de “servidores de la nación” que trabaja directamente para mantener viva su conexión personal con sus bases sociales, sin tener que distraerse en forjar acuerdos políticos, o resolver diferencias dentro de una organización partidaria que no está entrenada en aplicar reglas, sino en acatar directrices.

Por ello, el dilema para Morena no es cómo remontar su dependencia de López Obrador, sino cómo asegurar que el Presidente lo siga considerando un interlocutor político obligado para la consecución de sus fines.

Es cierto que Morena ha sido útil al Presidente desde la perspectiva de la política formal e institucional para asegurar mayorías legislativas que han hecho posible que transiten sus proyectos de ley, pero lo que vale en ese campo es sólo la lealtad y disciplina de los grupos parlamentarios. Como en cualquier partido político, los cálculos y las legítimas ambiciones de los diferentes grupos dentro de Morena se expresan en los procesos internos de selección tanto de dirigentes, como de candidatos a cargos de elección, pero para López Obrador ese no es un asunto de interés, porque lejos de afectar su capacidad de maniobra
dentro del partido, le permite seguir siendo un discreto fiel de la balanza.

Nuestra legislación prevé la posibilidad de que las autoridades electorales intervengan en la vida interna de los partidos, en buena medida porque la Constitución los define como “entidades de interés público”.

En ese sentido, a la autoridad le corresponde hacer un gran esfuerzo de pedagogía política para explicar la metodología de las encuestas. Lo que no pueden hacer ni el TEPJF, ni el INE es reinventar a los cuadros dirigentes del todavía partido mayoritario.