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Natalia Saltalamacchia Ziccardi

Maestra en Relaciones Internacionales.

Es profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Internacionales del ITAM. Es egresada de la Licenciatura en Relaciones Internacionales del ITAM, obtuvo el grado de maestría por Jonhs Hopkins University, candidata al doctorado en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es miembro del Consejo de Redacción de la revista Foreign Affairs Latinoamerica. Su investigación se enfoca en los movimientos sociales transnacionales y, en particular, el movimiento de derechos humanos en América Latina y en México.

Los temas de Natalia

Carta desde Argentina, la de siempre *Revista nexos No. 368 • Agosto de 2008

La disputa política en Argentina llega a cobrar tintes futboleros: o gana Boca o River y no hay más. Lo mismo en los forcejeos entre el gobierno y otras fuerzas políticas, que suelen acercarse a juegos de suma cero. Es factible, sin embargo, que ahora las disputas transcurran en otra arena y con otra lógica: en el Congreso y con los códigos dialogantes de la democracia.

Desde afuera parecía un incendio. Argentina otra vez desgarrada, en crisis, “cuesta abajo en la rodada” como diría Alfredo Le Pera. Argentina que no sólo avista la cruz del sur sino que también la carga: da dos pasos y se cae, avanza tres y vuelve a derrumbarse. Antes de venir leo que hay desabasto en Buenos Aires, cortes de ruta en las provincias y que, a seis meses de gobierno, la presidenta ha perdido ya la mitad de los consensos que la llevaron a la Casa Rosada. “Ese país no tiene remedio” pienso y me preparo para aterrizar en medio del caos.

La impresión de los primeros días es disonante. La televisión y la prensa son casi monotemáticas y transmiten alarma, es cierto. Veo, por ejemplo, al conductor de un noticiero preguntando afanosamente si el raspón que sufrió un muchacho en una concentración del contingente ruralista tiene sangre o no. Me cuentan de un programa en el que un psicólogo analiza la angustia colectiva causada por las incertezas que provoca esta crisis, y de otro en el que se daban recetas de cocina con ingredientes alternativos porque el desabasto sería fuerte y duradero. En suma, los medios de comunicación vendiendo amarillismo pero también, como en todos lados, construyendo su versión de la realidad.

En la calle, sin embargo, la gente de a pie (el taxista, el portero, la mesera en el café) transmite sobre todo hartazgo o bien la naturalización del conflicto. Uno me dice: “acá es todo como River y Boca, puede ganar uno solo, y si no se resuelve a trompadas”. La metáfora es buena, evoca un cierto estilo nacional de hacer política: el de todo o nada, el del exceso y el desborde, la falta de términos medios. Repaso al vuelo la historia del siglo pasado argentino y recuerdo que este país produjo el ejemplo paradigmático del populismo, el terrorismo de Estado más cruento del Cono Sur, la aplicación más radical de las recetas neoliberales y el colapso estrepitoso de una nación. Parece que no hay medias tintas. Quizá esto explica por qué un asunto como las retenciones a ciertas exportaciones del agro puede desembocar en una pugna de semejante tamaño. Hasta hace poco, ninguna de las partes estaba dispuesta a alcanzar algún punto de negociación, sólo la rendición incondicional del otro. Imposible ceder a la presión de los poderes fácticos, sostenían de un lado. Impensable aceptar este ejercicio del autoritarismo estatal, apuntaban del otro. Lo dicho: River y Boca, el gobierno y el “campo”, cada uno comportándose como si ésta fuera la última jugada del campeonato y, por supuesto, ninguno dispuesto a perder la copa.

Hace poco, sin embargo, la presidenta abrió la partida y mandó el asunto a discusión en el Congreso. No es que ahí se esté avanzando mucho, pero al menos la Argentina recordó que existe una institución pensada expresamente para auspiciar el diálogo y la deliberación democrática. Como medida de distensión, al menos, funciona. Con un tercer actor en el campo los costos o beneficios eventuales se distribuyen y la percepción suma cero se aminora. Por eso la atmósfera es hoy menos ríspida y se percibe un gran alivio. El alivio del que pensó que por enésima vez vería la renuncia anticipada de un gobernante, de la que se esperó una nueva espiral inflacionaria, de todos los argentinos que saben que en su país la clase política puede ver el precipicio y caminar de todas formas derechito al descalabro.

Voy preguntando por ahí cómo solucionar este asunto. Una señora me responde desde el sentido común: “que lo arreglen los Kirchner”. Y esa frase me queda rondando en la cabeza: la presidenta se llama Cristina Fernández pero nadie parece pensarla en singular, sino como parte de un equipo —la escuadra kirchnerista— en la que, siguiendo con la metáfora futbolística, hoy juega con el número 10 pero tiene detrás al director técnico. En un programa televisivo, por ejemplo, un tipo pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre Kirchner y Perón frente al tema del campo?”, y sin pensarlo dos veces —sin aclarar cuál Kirchner— un docto personaje responde comparando a la pareja presidencial actual con aquella otra famosa dupla que gobernó la Argentina en los años cuarenta.

Este uso del plural que parece un lapsus colectivo, vuelve una y otra vez, con buena y mala leche. Un simpatizante del gobierno me explica que la oposición acentúa estratégicamente la idea de la presidenta títere, del poder masculino detrás de las faldas inocuas de la máxima dirigente, para disminuirla y debilitarla. Nutren esta percepción cometiendo continua y burdamente falsos errores discursivos (“el presidente… perdón, quise decir la presidenta…”), con lo cual esto no está en el terreno de la psicología social sino de la táctica política. Suena totalmente plausible. Pero desde mi mexicanidad observo un matiz: si la estrategia causa algún daño no es porque subraye el vínculo matrimonial de Néstor y Cristina; a los argentinos parece importarles muy poco que el poder se traspase formalmente de esposo a esposa y se ejerza “en familia”. Lo que lastima es la idea de que los hilos del poder los maneje alguien desde afuera, un hombre/mujer fuerte, que podría llamarse Kirchner, Duhalde o Pepita. El tema de los cónyuges les tiene sin cuidado. Debe ser por eso que cuando explico el escozor que en su momento generaron las aspiraciones presidenciales de Marta Sahagún en México me miran con sorpresa.

En la plaza del Congreso se instalaron varias carpas, la verde de los representantes del agro, la albiceleste de la JP, la blanca del Compromiso K, etcétera. Ahí se organizan charlas públicas, se distribuyen volantes y hasta se juega alguna cascarita. Pululan vendedores de choripan y de banderas argentinas (julio es el mes patrio). Los ruralistas trajeron una enorme vaca inflable y los oficialistas respondieron con un gran pingüino. Es el juego de los símbolos, la disputa por el significado. Veo turistas que toman fotos, después de todo parece un gran circo. ¿Es un circo? Espero que no. Me quedo con una idea que es casi una profesión de fe: estos militantes replican en la plaza lo que sus representantes están haciendo dentro del Congreso. El juego está de vuelta en las instituciones que, aunque son débiles y están traqueteadas, siguen siendo la mejor opción. Si se queda ahí Argentina habrá conjurado por ahora el karma River-Boca.

Venezuela: ¿La hora de la oposición? * Revista nexos No. 362 • Febrero de 2008

La pretensión de Hugo Chávez de obtener vía referéndum el apoyo para perpetuarse en el poder fue detenida: el carismático líder perdió en las urnas. En el proyecto de la autoproclamada revolución bolivariana se han abierto fisuras, que vienen de las propias filas castrenses y de la resistencia de sectores antes ausentes, como el movimiento estudiantil. Las claves para que Venezuela recobre los equilibrios y contrapesos democráticos pueden estar no en el abstencionismo ni en los anhelos de los sectores golpistas, sino en la existencia de una genuina oposición que se vuelque en las urnas.

Como todos los populismos, el chavista conoce y utiliza el poder de los símbolos: iconos, figuras, eventos míticos y fechas fundacionales pueblan el discurso presidencial. Como todas las revoluciones, la bolivariana tiene pretensiones adánicas: todo lo nombra de nuevo, como hace falta —¿qué duda cabe?— al inicio de la Historia. Y, en ese sentido, la creatividad de Hugo Chávez es imbatible. Para seguir la política venezolana se requiere ya de un diccionario; en el mismo se pueden encontrar, por ejemplo, términos sofisticados como el de “gobierno endógeno” (líderes que se acercan al pueblo para conocer sus necesidades), iluminados como el de las “misiones” (programas sociales), patrióticos como el de “comando Zamora” (comité proselitista), y elegantes como los “escuálidos” (la oposición) y los “cachorros de la oligarquía” (estudiantes que no lo apoyan).

La pedagogía forma parte también de esta estrategia de comunicación de masas: los objetivos de gobierno suelen enumerarse y el proyecto revolucionario se explica a la sociedad marcado por etapas. Hace un año precisamente, inspirado por un triunfo electoral contundente (62.8% de los votos) que le concedió seis años más de gobierno, el presidente declaró que la “fase de transición” (1999-2006) había concluido y que se inauguraba una nueva era: “vamos rumbo a la República Socialista de Venezuela” anunció. Al parecer, la República Bolivariana —aunque de su propiedad intelectual— ya le estaba quedando chica.

¿Cómo alcanzar un destino de tal magnitud en poco tiempo? El presidente y sus colaboradores se aprestaron a diseñar un vehículo con nada menos que “cinco motores revolucionarios”. Entre ellos, la ley habilitante (llamada “ley madre de leyes revolucionarias”) y la reforma constitucional socialista eran los principales propulsores. El 2 de diciembre de 2007, sin embargo, el segundo y más importante motor se apagó: aunque por estrecho margen (50.7%), la reforma constitucional fue rechazada en referéndum. Ello modificó significativamente el panorama político venezolano y el año que apenas comienza tiene la impronta de este inesperado resultado.

En primer lugar, el hecho de que tres millones de presuntos chavistas no apoyasen la propuesta del presidente envió un mensaje trascendental, a saber, que Hugo Chávez puede perder en las urnas. En efecto, el liderazgo carismático encontró por primera vez un límite popular: no alcanzó para convencer a la base de que era conveniente refundar el Estado venezolano en la línea socialista, que es lo que realmente estaba en juego. Dado que Chávez recurrió a su carta más poderosa —la de su popularidad personal— intentando mañosamente convertir el proceso en un plebiscito sobre su figura (“quien no vota por Chávez, vota por Bush”, reminiscente de aquel famoso “Braden o Perón”), la derrota reveló que existe cierta erosión de su liderazgo y algunas fracturas en su base de apoyo social.

En segundo lugar, el proceso referendatario consolidó el papel de un actor social, históricamente presente opoy combativo en la política venezolana, pero que durante la era chavista se había mantenido al margen: el movimiento estudiantil. El año pasado una medida puntual —la no renovación de la licencia a RCTV— activó la movilización de estudiantes de universidades públicas y privadas. La subsiguiente batalla por el “no” en el referéndum los colocó ya francamente en el campo de la oposición, que gracias a ello se ha revitalizado. Y es que la oposición estudiantil es importante desde el punto de vista práctico —por su energía y capacidad organizativa— pero sobre todo porque compite como ningún otro actor en el terreno simbólico, en el que Chávez es campeón. En efecto, ¿qué revolución autoidentificada de izquierda y progresista puede tener en su contra a la masa estudiantil? ¿Cómo es que jóvenes de 18 a 25 años, no contaminados por las viejas prácticas de la cuarta república puntofijista, se resisten al futuro luminoso que promete el comandante?

En tercer lugar, el referéndum hizo patente que el presidente Chávez no ha logrado todavía transformar a las fuerzas armadas en un brazo incondicional de su movimiento bolivariano. A pesar de los aumentos de sueldo, las prebendas, los ascensos vertiginosos y las grandes compras de armamento, existen dentro de las filas castrenses grupos que no coinciden con el gobierno y no están dispuestos a respaldarlo en sus planes de radicalización. Según el diario Tal Cual de Teodoro Petkoff, el propio Chávez identifica tres grupos dentro de la corporación militar: los revolucionarios, los disidentes y los institucionalistas. Estos últimos, representados por las posiciones públicas del general retirado Baduel, son hasta cierto punto el fiel de la balanza. En tanto guardianes de la Constitución bolivariana no se suman a las tentaciones golpistas, pero tampoco a los eventuales proyectos extrainstitucionales del gobierno.

Por último, el año cerró con una serie de problemas acumulados que también explican la merma del entusiasmo entre las filas chavistas. Aunque la economía venezolana sigue creciendo vigorosamente (8.4%), la inflación alcanzó una tasa de 22.5% en 2007. Asimismo, la política de control de precios y divisas ha producido desabasto de bienes de consumo masivo y ha incentivado el mercado negro. Finalmente, existe una percepción cada vez más extendida sobre la corrupción y la ineficacia en la gestión de tareas públicas (por ejemplo, combate a la criminalidad, manejo de la basura, etcétera) por parte de funcionarios en distintos niveles de gobierno.

Debido a todo lo anterior, la oposición ha levantado cabeza. Justo a tiempo porque la próxima vencida con el gobierno de Hugo Chávez (si es que no lanza antes otra de sus múltiples iniciativas) está a la vuelta de la esquina: en el mes de octubre se llevarán a cabo elecciones para gobernadores y alcaldes, incluyendo al alcalde mayor de Caracas. Podrían ser un punto de inflexión: por primera vez en mucho tiempo la oposición vislumbra alguna posibilidad de ganar terreno político-institucional frente al chavismo. El gobierno lo sabe y ha replanteado su estrategia. La oposición, por supuesto, lo anhela y ha empezado a concentrarse en el tema electoral.

En una Venezuela donde la extrema polarización política enrarece el ambiente, esto último no es un dato menor. La victoria referendataria devolvió una cuota de confianza al campo opositor y reforzó la posición de aquellos que plantean derrotar a Hugo Chávez por la vía democrática y la movilización electoral. Se debilitan con ello dos rutas alternativas, una fracasada y otra funesta: la estrategia abstencionista supuestamente deslegitimadora y el esquema golpista que sigue teniendo adeptos en la derecha, incluso después del fiasco de 2002.

El reto, sin embargo, es mayúsculo. Los factores antes mencionados son meros habilitantes, es decir, ponen a la oposición de nuevo en el juego. Sin embargo, para traducir el desgaste gubernamental en votos se requieren al menos tres cosas que hasta ahora los grupos opositores no han podido producir. Primero, la unidad entre sus filas que, como se demostró en diciembre, resulta indispensable (por ejemplo, a través de candidaturas comunes en las principales plazas como Miranda, Carabobo, Zulia, Anzoátegui y el Distrito Capital). Más importante aún es la articulación de un proyecto político alternativo y competitivo. Al parecer han gastado tanta energía política en el golpeteo contra la figura del presidente y en oponerse al torrente de ocurrencias que fluye desde el palacio de Miraflores que se han quedado sin fuerza, tiempo y/o recursos para la propuesta. Mientras los partidos antiguos parecen no comprender esto (Acción Democrática, por ejemplo, comenzó el año promoviendo un juicio de insania mental del presidente), dos nuevas formaciones (Un Tiempo Nuevo y Primero Justicia) parecen tener mayor visión y posibilidades.

El tercer factor es la integración de personalidades que por distintos motivos han abandonado al chavismo. Algunos líderes opositores son refractarios a esta opción que, sin embargo, parece la única viable para producir nuevas mayorías tanto a nivel nacional como en algunos estados y municipios. El referéndum fue aleccionador en este sentido: no todos los votos que el chavismo pierde los gana necesariamente la oposición, sino que pueden disolverse también en la licuadora abstencionista. La presencia de antiguos compañeros de viaje del proyecto chavista puede infundir confianza en las plataformas alternativas, mitigando el temor de que un triunfo opositor signifique un viraje radical ahora en dirección contraria.

Mientras tanto, el presidente acusó recibo y estrenó el año anunciando la muy pedagógica política de las “tres erres”, o bien, “revisar, rectificar y reimpulsar”. En la revisión más de un ministro perdió ya su puesto o cambió de cartera. La rectificación parece que va por la vía de recuperar el pulso político de sus seguidores, porque se piensa que el verticalismo en la confección de la propuesta de reforma fue uno de los motivos de su fracaso. El reimpulso, por su parte, pasa primero por concluir la formación del Partido Socialista Unido de Venezuela, maquinaria electoral para competir en las próximas elecciones. Y quizá también en el próximo referéndum porque, si hay alguna apuesta certera respecto al impredecible Hugo Chávez, es que no claudicará en el empeño de conseguir una cuarta “erre”, la de la reelección

Redes imaginarias para la democracia *Revista nexos No. 355 • Julio de 2007

Cuando en septiembre de 2006 (dos meses después de las elecciones presidenciales) Roger Bartra publicó su ensayo “Fango sobre la democracia”, tirios y troyanos prestaron atención: un destacado intelectual de izquierda abría fuego desde las páginas de Letras Libres contra el “populismo conservador” de Andrés Manuel López Obrador, al tiempo que hacía un reconocimiento a la derecha “democrática, moderna, pragmática y centrista” de Felipe Calderón (y Fox). En aquella coyuntura de ánimos crispados, donde predominaba la lectura amigo-enemigo, mi impresión es que pocos estuvieron dispuestos a reflexionar seriamente sobre los conceptos ahí vertidos. A decir verdad, la factura polémica del ensayo —empezando por el incisivo título— tampoco contribuyó —en un momento signado por humores negros— al debate de sus ideas de fondo y, en cambio, el texto fue mayormente celebrado o denostado con base en consideraciones políticas de corto plazo. Personalmente, debo admitir que, como novel lectora de Bartra —condición que sospecho comparto con otros miembros de mi generación—, a pesar de encontrar coincidencias con el autor, aquella primera lectura me irritó: la metáfora del lodazal ocasionado por la izquierda frente a una derecha apenas manchada por los “errores” del presidente o por sus “segmentos marginales” me pareció poco equilibrada. Encontré que la crítica pormenorizada y sin cortapisas a los desatinos de López Obrador no se empataba con un análisis igualmente agudo y detallado de la derecha partidista; no hallé en el texto los asideros que llevaban a Bartra a concluir que en ese lado del espectro político es donde palpita más fuerte la vocación democrática y la modernidad. Mucho menos para colocar, como hacía el autor, las esperanzas de la agenda socialdemócrata en la figura del presidente panista, lo cual se me antojó un despropósito y una renuncia.

Casi un año después Roger Bartra puso remedio a las lecturas simplistas o forzadamente descontextualizadas de aquel trabajo. En un libro que reúne su pensamiento sobre la transición democrática en México a través de una serie de ensayos escritos a lo largo de más de dos décadas, el texto de la discordia encuentra su justo lugar y las aseveraciones ahí volcadas sus raíces. A pesar de la insistencia en portada, que supongo responde a una lógica comercial, el “fango” postelectoral constituye tan sólo una pieza de un sistema de ideas inmensamente más rico y abarcador; es el receptáculo de una serie de conclusiones fraguadas en el curso del tiempo y hay que leer el libro para conectar con sus anteriores ideas y recordar o conocer los elementos teóricos y empíricos que las sustentan. No por ello se eliminan necesariamente los desacuerdos —aquello del panismo socialdemócrata, por ejemplo, sigue pareciendo quimérico y supongo que la actual batalla del ejecutivo por la inconstitucionalidad de ley que despenaliza el aborto ha echado por tierra también los anhelos del autor—, pero sí se incita —como pretende Bartra— a la discusión sustantiva. Una discusión que vale la pena, ya que el volumen apunta a una interpretación de largo aliento sobre la democratización del país y qué papel han desempeñado las diversas fuerzas políticas y sociales en dicho proceso.

La transición democrática en México ha sido objeto de numerosos estudios y se ha afrontado desde diferentes perspectivas. Los análisis de rational choice comprometidos con el individualismo metodológico, por ejemplo, ponen el énfasis en la distribución de incentivos materiales entre los actores y su matriz cambiante. Los trabajos institucionalistas analizan la secuencia pormenorizada de reformas políticas y electorales, estableciendo explicaciones causales para iniciativas concretas. Resultan de enorme utilidad para responder a la pregunta de por qué se registraron ciertas iniciativas y cómo se concatenaron con las siguientes. La aproximación sociológica de Roger Bartra, sin embargo, permite abordar una pregunta anterior, a saber, cómo fue posible abrir la senda de la democratización en el país, vinculando la respuesta con la dinámica de deslegitimación progresiva del “poder despótico moderno” construido por el PRI. De tal forma que se devuelve un lugar central al papel de la cultura, las ideas y las representaciones colectivas que, aunque están en el trasfondo de todo proceso de cambio social, suelen ser ignoradas por la obsesión cuantitativa de la ciencia política actual.

Así pues, la principal clave de lectura que aporta Bartra para explicar el cambio político en México —sus avances y sus limitaciones— es la legitimación, elemento a través del cual el poder se convierte en autoridad y la obediencia en adhesión. En el libro se sintetiza su línea argumentativa acerca de la erosión de la legitimidad “revolucionaria”, para después ir un paso más allá. Recordemos en estas apretadas líneas que a través del concepto de “redes imaginarias” Bartra introdujo en su momento la importancia de las formas culturales simbólicas e imaginarias de la legitimación política y analizó los vasos comunicantes forjados entre el Estado y la sociedad a través del nacionalismo revolucionario; éste funcionaba como el cemento ideológico y cultural del antiguo régimen. La crisis del nacionalismo iniciada en los años ochenta, producto de la modernidad alcanzada —que paradójicamente el propio Estado priista contribuyó a engendrar—, supuso una ruptura de la gobernabilidad anclada en la exaltación ideológica de los valores nacionales y ello impulsó la caída del régimen autoritario. “La dictadura no era perfecta” como dice Bartra y con el tiempo generó las condiciones de su propio colapso.

El paso más allá llega hasta hoy, cuando el autor se pregunta por la reorganización de los procesos de legitimación y cohesión en nuestra nueva condición democrática. ¿Cuáles son las nuevas redes imaginarias del poder político generadoras de una legitimidad democrática? ¿Cómo es posible expandirlas y generalizarlas de tal forma que la democracia no se apoye en pies de barro? La recurrente reforma del Estado debería contemplar mecanismos para la promoción de la cultura civil que tantos obstáculos encuentra en la sociedad mexicana. Para ello hace falta imaginación y audacia. La ingeniería institucional no alcanza y la cultura política gerencial, eficientista o tecnocrática con la que los gobiernos panistas —y en su momento la derecha priista— han intentado hasta ahora legitimarse es insuficiente.

Como sostiene Roger Bartra, el ciclo corto de la transición terminó en el año 2000. Se transitó de una institucionalidad a otra, existe hoy un nuevo sistema político. El ciclo largo de la transición, en cambio, continúa. Se trata de la transición entre una cultura política y otra; implica un proceso de largo plazo en el que nuevas formas de legitimidad echen raíces en la sociedad. Ahí está la clave para que la opción socialdemócrata que tanto espera Bartra y muchos de nosotros con él, genere el cúmulo de adhesiones sociales que empujen a la izquierda partidaria a asumir su programa y, esperemos algún día, finalmente a alcanzar el poder.