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El debate público

Paraísos fiscales contra estados de bienestar

Ricardo Becerra

La Crónica

05/10/2021

Fraude fiscal y lavado de dinero son solo dos de los papeles estelares que juegan los paraísos fiscales en el mundo de la liberalización financiera, pero su rol ha crecido a extremos insólitos ¿Alguno de ustedes sabe que las Islas Caimán son el cuarto centro financiero del mundo, codeándose con Shangai, Londres y Nueva York? ¿Que el año pasado las islas británicas y del Caribe recibieron más inversiones de E.U. que China completa? ¿O que son líderes mundiales en la inversión de transporte marítimo?

Hablamos de movimientos gigantescos y quienes siguen regularmente la prensa económica internacional sabrán que no pasa mucho tiempo sin que en ellos, no aparezcan las huellas y las pistas de una bancarrota escandalosa, una red mafiosa, una malversación de fondos, un soborno, la financiación ilegal de una campaña. Hablamos, como dijo Alain Vernay desde 1968, de “los bajos fondos de la banca internacional”: los paraísos fiscales.

Estos sitios -normalmente pequeños países, que pueden mantenerse de las carretonadas de dinero que reciben- tienen éxito porque se yerguen sobre un equívoco: la imputación de los impuestos de sociedades se tributan donde se declaran y no donde se generan. Así, la empresa que produce cualquier bien, y que utiliza la mano de obra, los recursos y la infraestructura de un país, acaba pagando los impuestos en otro, por ejemplo, lo que genera pérdidas y rezagos en los países que realmente aportaron esa riqueza.

Su finalidad última es el anonimato, esconder papel tras papel, expediente tras expediente, quién es el verdadero dueño de las propiedades y el dinero.

La extraordinaria investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) en el que se aliaron 149 medios de comunicación (Pandora Papers) constata, en realidad, lo que ya se sabe, pero su mérito es que les pone nombre y apellido. Y los apellidos resultaron ser los de toda la vida, los multimillonarios de México y del mundo, la élite que pertenece al uno por ciento de los más ricos, con algunas novedades de políticos malhadados y artistas o deportistas de poco escrúpulo (Shakira, ¡ay!).

Ahora sabemos que prominentes miembros de la coalición gobernante (incluyendo el ex consejero jurídico de López Obrador) están enredados en esta maraña y eso los obligaría, al menos, a dar explicaciones: ni siquiera son capaces de sostener ese compromiso mínimo de no evadir impuestos, el que tanto esgrime el señor Presidente.

Pero lo que más interesa señalar, es que estos esquemas, practicados con singular alegría por centenas de acaudalados mexicanos (en el Pandora Papers somos el país de América Latina y probablemente del mundo, con el mayor número de evasores de este tipo), tienen como efecto la debilidad fiscal crónica del país.

La CEPAL ha calculado, por ejemplo, que la evasión fiscal provoca pérdidas anuales del 4 por ciento del PIB en México. Es decir: con ese dinero podría duplicarse el presupuesto de salud sin mover un milímetro en la fiscalidad general. Esto ocurre dentro de una nación en la que la tercera parte de los ingresos totales está concentrada en manos del uno por ciento de nuestros millonarios.

Así que la próxima vez que escuche las coplas que han dado por muerto a los estados de bienestar (porque son inviables o porque son infinanciables) no olvide esas toneladas de dinero que nuestros ultraricos procuran evadir, llevándoselas a los paraísos fiscales. Estamos, realmente, ante una profecía autocumplida: no se paga lo que debe (de por si a tasas muy bajas), entonces las finanzas públicas se debilitan y los servicios y estructuras del bienestar se vuelven inalcanzables. Es en esta rueca, donde se montó la crisis de los Estados en América Latina y creo, también en los países del primer mundo.

Por eso —entre otras cosas— los paraísos fiscales son una cosa muy seria, un lugar para el fraude y el dinero negro, el refugio de los saldos de la corrupción, pero también, un atentado contra el desarrollo.