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El debate público

Asociaciones abusivas de comentaristas agitados

Ricardo Becerra

La Crónica

12/06/2016

Después de las elecciones es abrumador -y descorazonador- leer y escuchar a tanto analista político, portador de llameantes veredictos: nada que celebrar, nada que valorar o reconocer en el proceso electoral pues el dinero, las “elecciones de Estado” y la compra del voto a millones de zombies mexicanos, no permiten sino ahondar la impunidad criminal, la mediocridad política y la ausencia de gobierno que nos tiene hasta el pescuezo.
Podría citar a decenas de opinadores en este tono, pero me importa más subrayar su sumaria conclusión: toda cifra, todo resultado, todo cambio provocado por las elecciones del domingo son una ilusión.
Para este ánimo dominante en la prensa y sobre todo en los medios electrónicos, poco importa que 16 millones de ciudadanos hayan decidido votar para construir un buen número de sorpresas políticas y democráticas: se intensifica la competencia en todas partes; los candidatos a gubernaturas clave con muchos menos recursos y menos dinero, son precisamente los que ganan (Quintana Roo, Tamaulipas, Durango o Chihuahua, por ejemplo); candidatos independientes conquistan alcaldías cruciales (Ciudad Juárez es todo un caso); el masivo voto de castigo se configura cada vez más como nítida exigencia masiva de buen gobierno, y de modo muy importante: en un país convulso que ha visto crecer la violencia y la criminalidad, sus ciudadanos pueden salir a votar libres y en paz.
¿Es esto desdeñable? O por el contrario  ¿Esto nos convierte en Suecia? Ni uno ni otro, pero las operaciones analíticas de esa legión de comentaristas airados, parten de una doble asociación ilógica y extrema: la primera: ellos encarnan el “sentimiento de los mexicanos”, heraldos directos de la “ciudadanía”; la segunda: la situación electoral no puede ser una zona de buenas cuentas, está condenada a reflejar la situación nacional, sus graves deformaciones y problemas.
Es un doble abuso, por supuesto.
Creo que si queremos avanzar en eso que llamamos deliberación democrática, deberíamos empezar imponiendo una regla general, quizás la más básica de todas: el que opina, lo hace con su propia cabeza, bajo su responsabilidad y él (o ella) responde por el análisis y el argumento construido con su pluma, que ya es bastante. Argüir y asumirse como vocero del difuso, contradictorio y yuxtapuesto “humor social”, cómo si la causa del descontento propio fuera la de todos y cómo si él comentarista pudiera asumir el papel de su intérprete plenipotenciario, es una asociación abusiva que más paraliza el pensamiento y más intoxica el ambiente. Hay quien escribe así: “La sociedad quiere”, “los ciudadanos demandan”, “la opinión pública sabe que”, cuando no “los ciudadanos demandamos, queremos, somos” frente al continente de partidos y políticos por definición irremediables. El entrecomillado son citas textuales, repetidas decenas de veces y expresan un punto de partida incompatible con un debate público en serio. Quien escriba a nombre de “la sociedad”
Y lo peor: la creencia infantil de que en el proceso electoral se resume y se resuelve casi todo lo demás. Las elecciones renuevan por vía pacífica los poderes públicos. El hecho capital es que los ciudadanos acuden a esa cita, a las urnas, en secreto, allí expresan su voluntad y esa es respetada. ¿En qué momento eso nos empezó a parecer tan poca cosa? ¿Desde cuándo la consigna maestra de la transición democrática en México (qué los votos cuenten y se cuenten) pasó a ser irrelevante?
Contrario a los comentarios publicados en la última semana, a mi me parece que la jornada del domingo pasado es la prueba de que el voto demostró ser superior a las trampas -reales y supuestas, demostradas o inventadas- en el sistema electoral y que el castigo y la necesidad de mejores gobiernos es el “tema principal” de esta elección.
En contraste con los impacientes, creo ver que el nivel de competencia a la que ya hemos llegado comienza a funcionar como se supone debe de funcionar: obligar a quienes ocupan cargos de elección a aproximarse a un cierto nivel mínimo de eficacia y de honestidad.
Pero ese dato crucial, justamente, es lo que la cauda de asociaciones abusivas no ha querido ni ha permitido reconocer.