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El debate público

Independientes electos

Jorge Javier Romero Vadillo

Sin embargo

11/06/2015

Los resultados de las elecciones del domingo pasado merecen análisis y reflexión tanto de parte de quienes tenemos la política como objeto de estudio, como por aquellos que se dedican a su ejercicio. No son menores las novedades que han dejado estos comicios y cada una merece observación por separado, para finalmente construir el mosaico de las elecciones de 2015 y entender sus efectos sobre la política del país y el desarrollo incremental de la democracia mexicana.

Hay algunos hechos relevantes de los que hay que partir: a pesar del malestar y la inconformidad reinantes en el ambiente, la vía electoral es transitable para castigar a los políticos, para procesar las diferencias o para manifestar el disenso. La pluralidad florece en casi todos lados, a pesar de la subsistencia de bolsones de control clientelista y autoritario y de resabios de los tiempos de la época clásica del PRI, como los carros completos o los índices sospechosamente bajos de abstención y la dudosa votación plebiscitaria de Chiapas.

La novedad mayor de la elección, sin duda, es la irrupción de las candidaturas llamadas independientes como un resquicio para romper el proteccionismo electoral y permitir la entrada de nuevas opciones a la contienda política. El tema ha desatado ya entusiasmo entre el público y no han faltado los analistas que ven en el triunfo de algunos de quienes se postularon sin partido el final de la partidocracia, el futuro de una democracia de ciudadanos. Me temo que es necesario introducir muchos matices en el análisis de este nuevo fenómeno de la política mexicana.

Las candidaturas sin partido representan un avance no por ser virtuosas en sí mismas sino porque el arreglo electoral mexicano es en extremo proteccionista y pone barreras de entrada difíciles de superar a las opciones de ciudadanos que pretendan construir una opción electoral en torno a un programa y una lista de candidatos; se fuerza a la movilización clientelista para constituir nuevos partidos, ya que se obliga a la celebración de asambleas multitudinarias, meras simulaciones basadas en el acarreo, lo que benefician a grupos con base cautiva, como los maestros en el caso de Nueva Alianza, la grey evangélica de Encuentro Social, o los solicitantes de vivienda inscritos en cooperativas de Morena.

En esas circunstancias, algunos críticos con el sistema de partidos realmente existente, en lugar de reclamar la reducción de las barreras de entrada para el registro de partidos, se inclinaron por impulsar la apertura a las candidaturas independientes, imbuidos por la cantaleta de quienes imaginan una sociedad dividida en una clase política diabólica enfrentada a una ciudadanía edénica. En ese imaginario, la posibilidad de candidaturas independientes abría las puertas para que ciudadanos arcangélicos irrumpieran y expulsaran con espadas flamígeras a los corruptos políticos del gobierno.

El gozo de los entusiastas se fue al pozo cuando en la legislación se estableció un número ingente de firmas para lograr el registro de candidaturas sin partido y condiciones muy inequitativas en el financiamiento y en el acceso a medios de comunicación tradicionales. Era evidente que los partidos no se la iban a poner fácil a quienes retaran su control. La posibilidad de concurrir sin partidos podría permitir, por ejemplo, que militantes con fuerza derrotados en los procesos internos pudieran escindirse de sus formaciones y competir por fuera, lo que abriría una nueva opción de salida a las disidencias partidistas. De ahí que no les tendieran puente de plata a los independientes. Los ciudadanos de a pie preocupaban menos, pues los partidos saben que la política no es tarea de Quijotes solitarios que vencen sólo con algunos escuderos a las maquinarias orgánicas. Que unos cuantos de esos caballeros andantes lograran juntar el numero de firmas y superaran el listón de entrada, no era preocupante.

El hecho es que, finalmente, hubo un número reducido de candidaturas registradas a diversos cargos locales y federales. Pero contra lo que se hubiera podido esperar, a pesar de los obstáculos, un puñado ha resultado exitoso. El mero hecho de ganar sin respaldo partidista y obtener el triunfo se ha vuelto, en cierto imaginario, una virtud purificadora: unos cuantos quijotes han logrado derrotar a los molinos de viento. La realidad es un tanto diferente. Cada uno de los independientes triunfante es un fenómeno distinto y representa intereses e ideologías diferenciados. Celebrar por igual el triunfo del Bronco en el gobierno de Nuevo León y de Pedro Kumamoto en un distrito de Zapopan sólo es posible desde un nivel de abstracción poco útil para entender la política real.

Jaime Rodríguez logró construir una coalición política a su alrededor y contó con una maquinaria organizativa y redes de financiamiento; es decir, construyó un partido en torno a su persona, con un programa y una ideología. Su campaña y su triunfo presentan, sin embargo, una buena cantidad de retos para el sistema electoral mexicano tal como se ha ido construyendo desde 1996, sobre todo en lo que respecta al principio de la preponderancia del financiamiento público sobre el privado en las campañas. Si ese principio no aplica para las candidaturas sin partido, como estableció para este caso el órgano electoral de Nuevo León, entonces las “independientes” podrán ser la vía para que los grandes intereses económicos entren por la puerta de la cocina a decidir las contiendas electorales.

Jaime Rodríguez ganó porque contó con el apoyo de buena parte de los industriales de Monterrey y con el periódico más relevante de aquella ciudad, lo que contribuyó sustancialmente a construir el fenómeno de opinión pública que se requiere para triunfar en una elección, así que independiente, independiente no es y como personaje tiene claros antecedentes en Vicente Fox, por lo que tampoco es muy novedoso. Representa, como cualquier político, intereses particulares disfrazados de voluntad general. Y para gobernar tendrá que construir acuerdos con los partidos representados en el gobierno, es decir, tendrá que comportarse como un político y entre mejor político sea, más eficaz será su gobierno.

Otros candidatos, como Clouthier en Sinaloa o el triunfador en la alcaldía de Morelia, son también ejemplo de políticos curtidos en las lides partidistas que se presentan hoy con el apoyo de su propia red y sus propios recursos con el disfraz de ciudadanos impolutos. Nada tiene de malo que hayan ganado, pero el no haber sido postulados por un partido no los hace mejores ni peores que, por ejemplo, Enrique Alfaro, quien encausó su disidencia a través de un partido minoritario y lo condujo a tener el mejor resultado de su historia. El manto de santidad ciudadana otorgado por la “independencia” no resiste la prueba de la realidad. Ya veremos cómo vota Clouthier en la cámara y con quienes se alía para hacer avanzar sus iniciativas. Ahí también, para ser relevante, se tendrá que comportar como político.

Pedro Kumamoto merece mención aparte. Su triunfo genera simpatías porque él sí parece cumplir con la imagen del Quijote que logra un triunfo con unos cuantos pesos y una nueva actitud, alejada de los modos tradicionales de los políticos mexicanos. Su triunfo, aislado, puede convertirse en mera anécdota pues no le será fácil abrirse paso entre las bancadas partidistas del Congreso de Jalisco. Sin embargo, también puede ser un ejemplo de que el resquicio abierto por las candidaturas independientes puede servir de entrada para nuevas opciones organizativas no basadas en clientelas ni dependientes de grandes recursos económicos y de acceso a los medios de comunicación tradicionales. Una red de candidaturas construida a la manera de la de Kumamoto podría ser una vía para romper el proteccionismo electoral, es decir, la vía para construir una nueva opción partidista sin necesidad de cargar con el fardo clientelista.