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El debate público

La violencia y el miedo

José Woldenberg

Reforma

27/10/2016

Como en el cuento de Kafka, «Un viejo manuscrito», uno tiene la sensación de que algo nos invadió. El relato se asemeja a una pesadilla: «Parece que se han descuidado muchas cosas en la defensa de nuestra patria… Hemos seguido con nuestros quehaceres, pero los acontecimientos de los últimos tiempos nos preocupan». Así empezaba. Eran «los nómadas del norte». «Lo que necesitan, lo toman…Cuando quieren algo, nos apartamos y les dejamos todo…No puedo quejarme, cuando veo lo que le pasa al carnicero de enfrente. Tan pronto trae su mercancía, los nómadas le arrebatan todo y se lo tragan…El carnicero tiene miedo y no se atreve a dejar de traer carne. Y nosotros lo comprendemos…». Al final, el hombre angustiado se preguntaba: «¿Qué pasará?… ¿cuánto tiempo soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómadas, pero no es capaz de expulsarlos…A nosotros… se nos ha confiado la salvación de la patria, pero no estamos a la altura de esa tarea». (Un médico rural. Pequeños relatos. Vitalis. 2015).

Como los nómadas del norte la espiral de violencia no parece sino crecer y expandirse. Nos invade. Un hijo manda asesinar a sus padres; vecinos amenazan de muerte por líos menores; jóvenes secuestradas aparecen muertas… Ya sé que esas barbaridades han existido siempre. ¿Pero no son más y más frecuentes y más salvajes? La violencia se ha convertido en un halo que acompaña la existencia. La que suscitó «la guerra contra el narco» hace tiempo que rompió el cerco y no sólo impacta a las bandas delincuenciales y los cuerpos de seguridad, sino parece trasminarse por la sociedad, hasta volver cotidiano lo que en otros tiempos hubiese sido inadmisible e incluso impensable. Es como un contagio sin fin.

Sabemos cuándo empezó, nadie puede predecir cuándo terminará, pero la violencia real y la imaginada modelan y ensombrecen el espíritu público.

Digámoslo de manera esquemática: la lucha entre y contra las bandas del crimen organizado supone una dosis de violencia. Entre ellas han desatado, en diferentes momentos, auténticas carnicerías. Y no siempre la violencia estatal se ha ceñido a las normas y las violaciones a los derechos humanos están documentadas. A partir de 2008 el número de muertes violentas se incrementó de manera alarmante.

Pero después, la violencia ha aparecido en el marco de conflictos políticos. Quemas de edificios, agresiones contra policías, autos y camiones destrozados, amenazas cumplidas contra opositores. Esos comportamientos, al parecer, tienen por lo menos dos nutrientes: a) la añejísima idea de que el fin justifica los medios y que entonces todo está permitido a nombre de la «causa» y b) las viejas ensoñaciones de que los cambios (más si son «revolucionarios») requieren de una buena dosis de violencia, que no es más que «la partera de la historia». Esos resortes se siguen activando cuando los delitos cometidos a nombre de la «causa» quedan impunes. Lo que sucede la gran mayoría de las ocasiones.

En ese caldo de cultivo parecería que la violencia se vuelve una herramienta «natural», «efectiva», buena para enfrentar problemas de todo tipo. Desde el incidente de tránsito hasta las tensiones familiares, desde los problemas con los vecinos hasta los diferendos mercantiles, pueden generar amenazas e insultos pero también agresiones y asesinatos. Como si la barrera para acudir a la violencia se hubiese rebajado, como si las reservas morales para utilizarla hoy fueran menores, como si estuviese legitimada, porque en fin, «todos» o muchos recurren a ella.

«Han convertido en un verdadero establo esta tranquila plaza», escribía el narrador de Kafka. De tal suerte que la violencia -criminal, política e interpersonal- afecta directamente a miles y miles de ciudadanos. Pero incluso a quienes no les agrede o perturba de manera directa, suelen vivir bajo la sombra de su amenaza. La violencia se instala entonces como una nube que acompaña la existencia de grandes comunidades afectando sus relaciones, rutinas, ánimo y expectativas. Las primeras se vuelven más tensas, las segundas precavidas, la integridad se erosiona y el futuro se pinta de colores sombríos. «¿Qué pasará? ¿Cuánto tiempo soportaremos esta carga y este tormento?». No tengo ni idea. Pero que la vida se hace más pesada, no cabe duda alguna.