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El debate público

Los dilemas y los días

 

 

 

Rolando Cordera Campos

El Financiero

09/08/2018

 

Son muchos los dilemas que hoy encara el nuevo gobierno y más serán los que surjan a medida que la discusión montada por el recién presidente electo se despliegue. Por ahora, se trata de un diálogo compañero, eco de la contienda pero, a la vez, inevitablemente marcado por la realidad del poder alcanzado.

La composición de los contingentes triunfadores nos habla de mucho cambio y más de presiones emanadas del reclamo plasmado en las urnas y ahora convertido en gran mampara política. Las expectativas crecen y la confianza del consumidor hace lo propio desconcertando a propios y extraños. Tanto que el peso, víctima de los humores de calificadoras, se instala en niveles de estabilidad desconocidos e imprevistos.

En política económica son muchas las piezas que los actores mueven, a pesar de que todos saben que la jugada principal habrá de darse en la mesa de Hacienda donde los que se van y los que llegan saben, o se imaginan, que las tripas del Presupuesto que quieren presentar conjuntamente a la Cámara de Diputados esconden más de una discrepancia o una fisura. Quizá nos enteraremos de eso, pero los directamente involucrados lo viven ya. El paso inclemente de las horas, les recuerda que hay plazos que no pueden ser trascendidos por las voluntades.

Reunir a los ingenieros y ponerlos a trabajar pro-bono no es proeza, pero sí da cuenta de posibilidades de acción cooperativa, indispensables para encaminar a la economía hacia un crecimiento sostenido y mayor al registrado en las últimas tres décadas.

La inversión es la savia de cualquier progreso económico y social, aunque debamos admitir que no es suficiente. Pero sin inversión, sin un empuje que vaya más allá de la inercia vuelta maldición por el neoliberalismo que nos ha gobernado treinta años, el futuro estaría marcado por la miope y necia decisión de quedarnos aquí porque es nuestra tierra a pesar de los pesares.

No pienso que la masa gigantesca de apoyo, simpatía y esperanza levantada por López Obrador y su candidatura victoriosa, nos excuse de afilar el sentido crítico cuando se trate de examinar las implicaciones de su discurso. Más aún, pienso que si algo se echa de menos en estos días de jolgorio son precisamente ejercicios reflexivos en torno a las palabras, los hechos y los panoramas que acompañan o son creados por el nuevo grupo gobernante.

De gobernante tiene que pasar a dirigente, porque así lo reclama el país sufrido y desigual que nos ha dejado la saga neoliberal y el abuso de poder que se volvió costumbre y desgaste del propio poder hasta llegar a su derrota. No es la falta de liderazgo lo que explica el desplome de partidos y candidatos, pero vaya que contribuyó para llegar a un sistema político devastado cuyos súbditos, sin embargo, se obstinan en reconocer como un orden cargado de legitimidad electoral y expectativa popular y democrática.

Se dice fácil, pero probablemente no haya mayor y más difícil tarea para Andrés Manuel López Obrador que imaginar un nuevo régimen y, desde ahí, otro sistema político. Parece un oxímoron o una paradoja cruel, pero así parecen estar las cosas de la política, y en este caso, el orden de los factores sí puede alterar el producto. Los trabajos y los días del presidente electo ya empezaron. Para extenderse a los que seguirán una vez que se vuelva constitucional por propio derecho.