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El debate público

Pero ¿de qué trató la campaña electoral?

 

 

 

Ricardo Becerra

La Crónica

24/06/2018

Bill Clinton decía que toda elección, todo proceso comicial, se desarrolla –como si dijéramos– sobre un pivote, en torno a un “tema fundamental”, que decanta los ánimos y el humor de la abigarrada opinión pública (del pueblo, como decíamos antes). A una semana de las votaciones mexicanas, vale la pena adelantar un puñado de notas provisionales.

1.- De manera anómala –pero muy lógica– esta batalla no fue normal, no la determinó el natural propósito de confirmar o derrotar al gobierno en curso (comúnmente se trata de eso). Desde muy temprano, los oráculos vaticinaban: el Gobierno del presidente Peña y su candidato no tienen posibilidades de remontar el desprestigio acumulado por no sé cuántas decisiones fallidas (invitar a  Trump, por ejemplo) y los abundantes casos de corrupción que grabaron en catedrales de piedra el prestigio del sexenio.

2.- No era así de fatal (en agosto de 2017, digamos) pero la arrogancia neoliberal no les permitió ver que el niño consentido de “los mercados”, simplemente, no conectaba, no tendía un puente con “lo popular” ni siquiera dentro del vasto continente que sigue siendo el PRI. En esta ocasión, el candidato de la ortodoxia económica dominante (así se vistió y lo insistió toda la campaña) no tenía la tracción para remontar los malos resultados económicos, la vasta crisis de violencia e inseguridad, los escándalos de gobernadores y funcionarios del tricolor casi todos los días y a lo largo de todo el territorio nacional.

3.- Tempranamente derrotado, la cuestión fundamental en la elección era ésta: ¿Qué cambio? Y aquí, el candidato de Morena saltó a las nubes por un hecho político simple (creo yo): “Se los dije”, él nos lo advirtió, no hay modo de desconocer que López Obrador anunció el “despeñadero” durante muchos años previos, ¿lo recuerdan? Si alguien adelantó y se opuso tercamente a las medidas del sexenio de Peña fueron precisamente el candidato y las huestes de Morena.

4.- La otra opción, Ricardo Anaya, tenía que alcanzar la calidad de oposición creíble en unos meses y saber explicar al público la tremenda complejidad de su experimento político: el variopinto Frente. Creo que esa tarea de pedagogía política no fue alcanzada. Con un ingrediente adicional: la Procuraduría de la República decidió entrar en campaña y montar una dura acusación de corrupción contra el panista. El gobierno federal, sin rubor, entró a combatir en barandilla al candidato imberbe. Casi dos meses, la campaña de Anaya se centró en la defensa de su propia honestidad, lo que abrió una avenida franca al de por sí “posicionado” López Obrador, cuyo numen tutelar ha sido precisamente el de la honestidad.

5.- En ese caldo, ocurrió lo más estrambótico de todo: una campaña que parece ganadora porque se limita a repetir mil veces “honestidad y acabar con la corrupción”; otra campaña basada en la venta del aplicado y competente funcionario y otra (cruzada por dos fuegos) que no supo o no pudo transmitir de qué se trataba su programa, su personalidad, su coalición.

6.- El resultado lo veremos en una semana. En tanto, los portavoces de la cháchara del fraude se han quedado sin trabajo (aunque siguen fingiendo); los poderes de hecho –más sagaces que el resto– se acomodan para el nuevo escenario y el país se asoma a cambio mayor en el sistema de partidos, y con él, en el sistema político.

                En medio, decenas de candidatos asesinados, en una intervención de plomo por parte del crimen en México. ¿La más gris y sórdida de las campañas que yo recuerde, traerá el cambio político más importante en el siglo XXI? Quizás de eso se trata la campaña.