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El debate público

Salario mínimo: nueva etapa

Salomón Chertorivski Woldenberg

Reforma

10/12/2015

En estos momentos, cuando usted lea estas líneas, México ha aprobado ya un consenso esperanzador: el salario mínimo puede comenzar una nueva etapa de recuperación de los ingresos de los más pobres en nuestro país.

¿Se dan cuenta de este cambio? Luego de un gran debate público animado hace más de un año México está listo para armar, por primera vez, una política nacional de recuperación de los salarios. Digo por primera vez, luego de 37 años de contención deliberada y estancamiento así decidido.

El Congreso de la Unión y 18 Legislaturas en los estados (hasta el momento) han votado por unanimidad la reforma constitucional que libera al salario mínimo. De modo tal que el Presidente de la República está -ahora mismo- en condiciones de publicar el decreto en el diario oficial y los mexicanos -listos- para discutir qué nivel de salario mínimo necesita nuestro empobrecido país para el próximo año.

Nunca habíamos estado tan cerca de esta corrección: no podíamos hablar en serio de salarios mínimos (tampoco de redistribución del ingreso) porque estaba artificialmente atado a cientos y cientos de tarifas y otros precios. Entonces la serpiente y sus dogmas aparecían para asustar: si incrementas el salario, incrementarás miles de precios.

Pero la reforma constitucional en marcha -apoyada por todos los partidos, por más de 60 organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, personalidades de todos los ámbitos- viene a corregir esta monstruosa deformación con la que vivimos casi cuatro décadas.

Es preciso que las autoridades laborales del país -especialmente las federales- cobren conciencia de ese enorme consenso político: ya no se puede determinar el salario mínimo con los mismos métodos, la misma parsimonia, burocracia o por inercia. Es hora de abrirse, cambiar y actuar en consecuencia.

No solamente hablo de las condiciones políticas, también las condiciones económicas son favorables. En este momento, nuestra economía ha recobrado un modesto pero notable impulso de su crecimiento; está bien calificada y es halagada por las agencias especializadas internacionales; confeccionó un presupuesto reducido que no generará nuevas presiones a las empresas y se mantiene con la inflación más baja de la historia, a pesar del incremento del dólar.

Si esto es así, si son estas las condiciones, depende de nosotros elegir qué nación queremos ser en los próximos años y en las siguientes décadas. ¿Vamos a seguir resignados a habitar una economía en la que solo algunos de nosotros vivimos cómodos y seguros? ¿O ya es hora de comprometernos a construir un tipo de economía que permita sueldos en ascenso y oportunidades reales para escapar de la pobreza para quienes opten por el trabajo honesto y duro en la legalidad?

Los datos oficiales nos lo echan en la cara: «…del lado de los ingresos estamos debajo del nivel previo a la crisis del 2009, pero incluso el ingreso corriente per cápita de los mexicanos sigue siendo ¡9.3% inferior al de 1992! El ingreso mensual por mexicano en 1992 era de 3 mil 322 pesos; en 2014, 3 mil 015 pesos. Un retroceso de toda una generación», nos dice Miguel Ángel Mancera en un importante libro (Del salario mínimo al salario digno, Consejo Económico y Social, DF 2015).

Ayer mismo, el Gobierno de la Ciudad de México ha entregado su propuesta a la Comisión de los Salarios Mínimos para demostrarle que una recuperación -prudente pero significativa- es posible toda vez que la «desindexación» se ha convertido en un mandato de la Constitución.

No hablamos de porcentajes: hablamos de un dólar, 16 pesos y 20 centavos, de aumento para que quienes trabajan en la escala más baja del sector formal salgan de la pobreza extrema.

La ventana de oportunidad se ha abierto. La decisión de construir un México menos desigual está al alcance de la mano. La formulación técnica está en la mesa de la CONASAMI: 86.33 pesos diarios como salario mínimo en 2016, siguiendo las pautas de línea alimentaria construida con el rigor técnico de CONEVAL.

Sería imperdonable desperdiciarla o postergarla. El gobierno de la República tiene la palabra. Es ahora o nunca: dar el paso hacia una decisión de justicia que ha tardado toda mi generación en llegar.