Categorías
El debate público

Geografía del populismo

 

 

 

 

 

María Marván Laborde

Excélsior

24/08/2017

 

Entre los elementos comunes que tienen los regímenes que hemos llamado populistas destaca lo siguiente: se apela al Pueblo (siempre con mayúscula) como un ente único, orgánico y coherente que tiene una sola voluntad que jamás se equivoca. Se define a partir de antagonismos; las élites (políticas, económicas y/o sociales) que se enfrentan al Pueblo y sólo parecen existir para fastidiarle. Anima a los regímenes populistas la ambición de restituirle al Pueblo su suprema soberanía. Existe la ilusión de que, una vez entendida su auténtica voluntad, implementada por el mesías, todos los males pueden ser solucionados por sus virtudes y su voluntad. El líder siempre tiene un papel principal, siervo del Pueblo.

Geografía del Populismo. Un viaje por el universo del populismo desde sus orígenes hasta Trump (Tecnos, España) es un magnífico libro recién publicado, que se presentó esta semana en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Nos ofrece elementos para la discusión teórica, al mismo tiempo que analiza 25 estudios de caso que van desde su aparición histórica hasta los diversos fenómenos que ocurren en la actualidad.

Si bien en el siglo pasado la mayoría de los gobiernos populistas y gobernantes mesiánicos parecían ser un fenómeno esencial —pero no exclusivamente— latinoamericano, el siglo XXI nos ofrece amplia evidencia de la aparición del (neo)populismo en países europeos, lo mismo en donde pensábamos que las democracias consolidadas no podrían verse amenazadas por nada, por ejemplo Gran Bretaña, así como en países que fueron icónicos para estudiar la Tercera Ola de la Democratización, tales como España.

Ideológicamente podemos caracterizar ciertos populismos por sus postulados de izquierda, aunque ahora parece que la mayoría se han cargado a la derecha y extrema derecha.

El lenguaje populista apela a las emociones, exacerba las pulsiones nacionalistas, niega el pluralismo, la verdad es una, el Pueblo es uno, la voluntad popular indivisible, y el líder mesiánico, cuya superioridad moral es indiscutible, ofrece al Pueblo la recuperación de un pasado glorioso o, en su defecto, el arribo a un futuro paradisiaco jamás antes conocido.

El corazón antidemocrático de líderes y regímenes populistas está en el desconocimiento del pluralismo social y en la negación de la política como la arena del conflicto de múltiples intereses y visiones en pugna.

El populismo siempre tiene algo de cristología, la verdad es única y el salvador es un iluminado que camina por encima de los múltiples males que asedian al Pueblo, aves que cruzan el pantano y no manchan su plumaje. Los malos son el imperialismo, los migrantes, la globalización, el europeísmo, las otras religiones, el sector financiero nacional o internacional, las élites políticas, la corrupción de esas élites perversas y traidoras. Siempre los otros.

El prefacio es de Enrique Krauze, quien considera que el populismo es un mal endémico de América Latina, pero tan viejo como la degeneración de la democracia griega que devino en demagogia. Retoma a Aristóteles para recordarnos que la demagogia termina cuando las élites se unen para remover al demagogo que sabe hablar, pero no necesariamente tiene idea de cómo gobernar.

Se estudia en el libro lo mismo a Theodore Roosevelt, de Estados Unidos; Getúlio Vargas, de Brasil; Juan Perón, de Argentina; cruzando el océano Atlántico y transitando varias décadas están el italiano Berlusconi, el francés y la francesa Le Pen y Christoph Blocher, de Suiza, entre otros.

¿Aparece México en los estudios de caso? Sí, por supuesto, el capítulo 13 está dedicado al gobierno de Lázaro Cárdenas y su autor reconoce que esta clasificación es de suyo controversial, no coincide con Krauze, que define al cardenismo como un régimen popular, que no populista.