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El debate público

Gran Bretaña: elecciones y lecciones

María Marván Laborde

Excélsior

14/05/2015

Las elecciones de la semana pasada en Gran Bretaña plantean grandes desafíos, a Cameron en particular y a la ciencia política en general. Me gustaría centrarme en cuatro puntos que me parecen relevantes: la importancia de lo local frente a lo nacional, la obligación de repensar el papel de Gran Bretaña en la Unión Europea, la cada vez más común falibilidad de las encuestas y la importancia creciente de los partidos minoritarios, a pesar de no haber abandonado el sistema electoral de mayoría relativa.

Desde luego, la primera sorpresa de la elección en Gran Bretaña fue el triunfo de los Tories, partido conservador que logró la mayoría absoluta en contra de todos los pronósticos, lo que le permite formar gobierno sin necesidad de alianzas.

Después del referéndum escocés del año pasado, en que perdió la opción separatista, en gran medida gracias a la promesa del propio Cameron de recrear los márgenes de autonomía para Escocia, ahora debe cumplir con esta promesa, pero también habrá que generar nuevas condiciones del gobierno nacional con Gales e Irlanda del Norte. Hace siglos, literalmente siglos, que no se alteraban los términos para que el Reino Unido siguiera unido.

El segundo reto del nuevo gobierno conservador tiene que ver con el referéndum prometido para 2017 que someterá a discusión y votación popular la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea. Londres tiene un plazo de dos años para renegociar las condiciones de su relación; aun cuando la mesa de negociación estará en Bruselas, el corazón estará en el papel de la hegemonía Alemana en el Eurogrupo. Dos son los temas fundamentales: la política migratoria y la política monetaria. La posibilidad de permanencia dependerá, en gran medida, de las restricciones logradas en la primera sin alterar la independencia de la libra frente al euro.

La fuerza de los partidos antieuropeos ha crecido en la última década en muchos de los países miembros de la Unión Europea; el UKIP obtuvo cuatro millones de votos el jueves pasado. Es por ello que el proceso de negociación y el resultado del referéndum afectarán mucho más allá de la isla, toda la política continental.

Paradójicamente, la doble tensión que significará rediseñar simultáneamente la relación con lo local y con Europa requiere de un gobierno nacional muy fuerte, con un liderazgo claro. La mayoría absoluta obtenida por Cameron es un buen comienzo, pero requerirá de gran maestría para administrar su capital político. Es obvio lo que se arriesga si alguna de las dos sale mal.

A nadie escapa que las encuestas volvieron a fallar en sus pronósticos. En términos científicos vale la pena preguntarse por qué están fallando tanto en tan diversos escenarios. ¿Será la dificultad de entrevistar a los que tienen celular y carecen de teléfono fijo?, ¿será un efecto no previsto de las redes sociales? Más allá de la razón, lo cierto es que últimamente yerran más de lo que aciertan. Al menos recuerdo otros tres procesos recientes, las intermedias de Estados Unidos en noviembre pasado, las de Israel, que vaticinaban que Netanyahu no tendría manera de formar gobierno, y la del referéndum escocés, que preveía un resultado cerradísimo que al final acabó siendo de diez puntos porcentuales con un cómodo 55-45. Por cierto, en ninguno de estos casos alguien pretendió impugnar la elección por estos motivos.

Por último, vale la pena repensar la vieja afirmación, que llegó a ser casi dogma en la ciencia política: en los países de mayoría relativa pura, la competencia es fundamentalmente bipartidista porque los partidos pequeños son irrelevantes. Nadie puede negar la importancia que en esta elección tuvieron el partido antieuropeo UKIP, subrepresentado en el Parlamento y el partido Escocés, que ganó 56 de los 59 escaños, lo que significará, además de una fuerza regional sin precedente en Londres, una renovación muy importante, ya que la reelección es la regla y el cambio de personas y partidos en las curules la excepción.

Como colofón, no puedo dejar de señalar la profunda envidia que siento por la democracia británica al ver a Miliband renunciar aceptando la derrota de su partido y su propio fracaso como líder.