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El debate público

La marcha

Raúl Trejo Delarbre

La Crónica

14/11/2022

Sorprenden la homogeneidad en las consignas, la pluralidad de los asistentes, la juventud de muchos de ellos. Sobre todo, a pesar de que se esperaba una concurrencia numerosa, asombra y entusiasma la multitud que desborda las calles más allá de las previsiones más optimistas. La marcha de este domingo 13 de noviembre ha sido la concentración más numerosa, organizada por la sociedad, en mucho tiempo.

Habrá disputa y regateos por la cifra de asistentes cuyo dato no es menor (se puede hablar de varios centenares de miles) pero el carácter indisputablemente masivo de esta marcha no debiera disimular el que quizá es su rasgo principal. La mayoría de las marchas que hemos presenciado en las décadas recientes han sido por causas específicas: las reivindicaciones de un sindicato, los derechos de un candidato, los votos a favor de un partido. Ahora, a diferencia de aquellas ocasiones, hemos tenido una movilización en defensa de una institución del Estado mexicano. Las frases más coreadas no dejan lugar a dudas: “¡El INE no se toca!”, “¡A esto vine, a defender al INE!”.

La democracia que hemos construido tiene insuficiencias, pero nos resulta de tal manera fundamental y nos ha costado tanto trabajo consolidarla, que esa pieza indispensable que es el Instituto Nacional Electoral la consideramos patrimonio de todos nosotros. De allí el torrente de ciudadanos que acudió ayer no para respaldar a un partido, ni en solidaridad con las banderas de un movimiento, sino para salvaguardar al organismo que hace posible que nuestros votos cuenten y sean contados.

Los ciudadanos cobijan, de esa manera, a la democracia y su institución. Algo muy hondo se ha roto en la cultura política de los mexicanos para que esa defensa sea compartida por tanta y tan diversa gente. La de este domingo fue una marcha sin caudillos. Los dirigentes políticos que asistieron estaban confundidos en la marea de personas que marcharon con sus pancartas en defensa del INE. El protagonista de la movilización fue el organismo electoral y, por contraposición, muchas de las expresiones que allí se corearon fueron adversas al gobierno que quiere exterminar a esa institución electoral.

El presidente López Obrador fue una figura sombra en la marcha. Él es quien suscribe y ha defendido, con frágiles argumentos, la contrarreforma electoral. La marcha ganó mayor notoriedad gracias a las descalificaciones del presidente que se convirtió, sin quererlo, en su propagandista principal. Por otra parte y aunque no fue el propósito de la movilización, hubo un amplio reclamo contra el gobierno. Los numerosos desaciertos en la gestión de AMLO durante ya casi cuatro años, se han acumulado en el ánimo de una sociedad en donde la esperanza, pero también la paciencia, han dejado de ser ilimitadas.

El clamor, sin embargo, fue en defensa del INE y, por lo tanto, de la democracia que tenemos. Así lo expresó José Woldenberg en su discurso pulcro y claro: “No llegamos a un estación final, tampoco a un paraíso, apenas a una germinal democracia pero que nos ha permitido asentar la pluralidad política y que la misma pueda coexistir y competir de manera pacífica”.

Para los que conocimos a un país en donde abundaban las trampas electorales y los votos eran suplantados por la voluntad del poder político, esa garantía resulta esencial. Lo es también, como se comprobó en la marcha, para ciudadanos de todas las generaciones. Por eso estuvimos en el Monumento a la Revolución escuchando al orador de esa concentración: “El problema mayúsculo, el que nos ha traído aquí, es que nos obliga a salir a las calles, el que se encuentra en el centro de la atención pública, es que buena parte de lo edificado se quiere destruir desde el gobierno. Es necesario insistir en eso, porque significa no solo una agresión a las instituciones existentes, sino a la posibilidad de procesar nuestra vida política en un formato democrático”.

La soberbia y las ambiciones autoritarias de López Obrador nos han traído hasta este momento. La democracia se encuentra de tal manera arraigada en las convicciones de los ciudadanos que no hay espacio para un retroceso como el que el presidente, y su partido, quieren infligirle a la Constitución. Ha sido necesaria esta demostración de la sociedad organizada para hacer evidente su rechazo a tal despropósito.

Un estadista inteligente, podría reconocer en esa manifestación la voz de la sociedad atenta a los asuntos públicos y retirar su propuesta. Para reaccionar de tal forma, con amplitud de miras, realismo político y sin revanchismos, hacen falta atributos que el presidente López Obrador no tiene. Por eso los ciudadanos que ayer dijeron de manera multitudinaria que están con el INE tendrán que mantenerse alertas.

Las movilizaciones de este domingo –a las que es preciso referirnos en plural, porque las hubo en docenas de ciudades en todos los estados del país— no son la desembocadura de un proceso en defensa del INE sino el inicio en la articulación de una sociedad que, sin abandonar su pluralidad, quiere y puede actuar con unidad.

ALACENA: Las cuentas de Batres

Siempre hay controversia acerca del número de personas que acuden a una manifestación. Cuando les incomoda, las autoridades reportan una asistencia menor a la que realmente hubo. Pero la afirmación de Martí Batres, secretario de Gobierno de la Ciudad de México, es la más irrisoria que pueda recordarse en los intentos gubernamentales de manipulación de esas cifras. “Asistieron entre 10 mil y 12 mil personas”, dijo ese funcionario. No dijo si esa era la cifra de manifestantes en cada calle.

Mentiras como la de Batres, eran frecuentes en los antiguos tiempos del PRI. Ahora hay drones que sobrevuelan las marchas, fotógrafos que toman amplias panorámicas, ciudadanos que tuitean y fiscalizan imágenes, medios que hacen estimaciones profesionales. Funcionarios como Batres, que en ese sentido es paradigmático del comportamiento primitivo que hay en Morena, quieren actuar como en aquellas épocas del priismo totalitario… sin advertir que a estas alturas del siglo 21 el país y los ciudadanos son otros.