Categorías
Artículos

La nueva democracia en América

Fuente: La Crónica

Jorge Javier Romero

Mientras escribo van fluyendo los datos de la elección en los Estados Unidos. La información recibida es de las encuestas de salida que dan resultados de los estados donde la votación ha cerrado. La incertidumbre institucionalizada de la democracia está en plena operación. Los comentaristas no hacen sino repetir el tópico de que se trata de una elección histórica, como si alguna no lo fuera. Pero, más allá del lugar común, los resultados preliminares indican un paso muy relevante en el proceso de democratización que comenzó con la constitución de 1788.

El constituyente estadunidense diseñó un régimen para garantizar el poder autónomo de cada estado incorporado al pacto federal. El poder presidencial entonces creado estaba claramente acotado por un legislativo bicameral donde el Senado, integrado por dos senadores de cada estado, servía como mecanismo conservador de los términos del pacto originario. El sistema de elección indirecto, que en la mayoría de los casos hace que el ganador de la votación en cada estado se lleve todos los delegados al colegio electoral, también se diseñó para garantizar la preponderancia del poder local sobre el central.

Aquel régimen primigenio, en cuya concepción original sin duda influyó el pensamiento político de la Ilustración, sobre todo el de John Locke y el del barón de Montesquieu, estaba pensado para resolver los retos concretos que planteaba la creación de un gobierno central por encima del tradicional autogobierno de los estados que hasta 1776 habían sido colonias autónomas entre sí y que al final de la guerra de independencia apenas habían logrado crear una débil confederación. Pero lo que más preocupaba a los delegados a la convención constituyente de 1787-88 era la cuestión de los derechos de propiedad. Se trataba de representantes de los patricios propietarios tanto de los estados de plantadores del Sur como de los comerciales del Norte.

Y cuando hablaban de derechos de propiedad incluían el brutal de poseer seres humanos como esclavos. Aquellos próceres de la libertad diseñaron un régimen representativo que sólo consideraba parte de la comunidad política a los varones blancos, con cierto nivel de renta. En su igualdad ideal de matriz puritana no entraban ni las mujeres, ni los indios, ni los blancos pobres ni, por supuesto, los negros esclavos. Durante el siglo XIX el cuerpo electoral se fue ampliando de manera gradual. A principios del siglo pasado finalmente obtuvieron el derecho al voto las mujeres, pero en muchos estados del sur la segregación racial se mantuvo un siglo después de la abolición de la esclavitud, que había costado una guerra civil tremenda, y los negros tenían impedido en la práctica su derecho al voto.

Hace apenas 50 años, la comunidad negra del Sur era víctima de violenta discriminación. Fueron la movilización y la resistencia de los llamados luchadores por los derechos civiles las que consiguieron que se legislara para garantizar la plena igualdad de una parte sustancial de la población de los Estados Unidos que hasta entonces eran tratada como inferior. Con todo, la representación electoral de la comunidad negra de los Estados Unidos ha sido tradicionalmente pequeña, al grado de que en el Senado apenas ha habido unos cuantos negros; en la cámara actual Barack Obama era el único.

Simplemente por ese hecho, la elección de ayer significa un tirón muy importante en el proceso democrático de los Estados Unidos. Lo que nació como una oligarquía electiva de patricios blancos paso a paso ha ampliado el ámbito de la representación política. La constitución de 1788, todavía vigente, impide que un simple cambio en la presidencia implique grandes transformaciones en la política estadunidense, pues los mecanismos de control y balance entre los poderes están diseñados para ser conservadores. No hay que olvidar que Clinton no pudo hacer avanzar sus reformas del sistema de salud precisamente por el obstáculo del legislativo de dos cámaras.

Sin embargo, a pesar de las limitaciones del poder presidencial, la elección de Obama tiene connotaciones culturales de gran trascendencia. El próximo presidente ha logrado el triunfo con una enorme capacidad de comunicación de su oferta de cambio. Ha logrado generar energías utópicas en buena parte del electorado y ha movilizado a su favor a los jóvenes que ejercen su derecho al voto por primera vez. Las expectativas generadas, hoy su ventaja, se pueden volver en su contra cuando comience a gobernar en medio de la tremenda crisis económica que vive el mundo.

Las dificultades ingentes que tendrá que enfrentar el presidente Obama durante los próximos meses pondrán a prueba la energía y la creatividad que han mostrado él y su equipo durante la campaña. Su vigorosa y clara oratoria se tiene que convertir ahora en acción gubernamental y, como bien sabemos en México, no es lo mismo ser un buen candidato que ser un buen presidente. Obama ha mostrado gran capacidad y coherencia durante los últimos meses. Sin embargo, la gran incógnita que se abre el día de hoy es si logrará construir el nuevo pacto social, de repercusiones internacionales, que se requiere para construir un nuevo orden económico y social en un mundo que Bush deja en crisis y en guerra. Las expectativas son muy altas. Habrá que esperar para ver cómo las satisface la nueva democracia en América.